¿América o The Americas? (IV) – U.S. not America (16)


Artículo dedicado a la memoria de Fidel Castro Ruz (1926-2016)

GEN ENG-I1

Cuando Estados Unidos se apropió del nombre de América ya tenía al estamento universitario y a la prensa para reformar la historia a su favor. En esas seguimos.

Estados Unidos no está sola frente a quienes reclaman la devolución de América; Anglosajonia le apoya con un fervor escatológico. Ese mundo lo conforman Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Es un concepto erróneo, – sería como llamar a los españoles visigodos, aunque el nombre de Francia procede de los invasores francos y el de Inglaterra de las tribus anglos, “gentes” de las que se estima que nunca pasaron del 2% al 5% frente a las poblaciones romanizadas-, pero no teniendo otro término más apropiado para englobar a la mentalidad mimética de estos 5 países habrá que conformarse.

Cierta intelectualidad británica de ojal y corbata, educada en universidades con el derecho de admisión reservado, parece preocupada preguntándose por qué se ha producido una diferencia humana evolutiva apreciable entre Norteamérica – en la mentalidad anglosajona entiéndase Estados Unidos básicamente y, en alguna ocasión, inclúyase a Canadá -, y Sudamérica – entiéndase América Latina o Méjico para abajo; arrastra con todo-. Esta es una diferencia que el dios de los cristianos protestantes y la ciencia e historia anglosajona remarcan y confirman con sabia justicia como ley natural del universo. Sólo pretenden justificarla, no subsanarla. No pensemos mal, por favor.

El historiador británico, por el momento, Niall Ferguson, especializado en historia económica y colonial, escribió (2003): “One of the most important questions of modern history is why the North European settlement of North America had such different results from the South European settlement of South America” (1).

Traducción de la edición española (2005): “Una de las cuestiones más importantes de la historia moderna plantea por qué el asentamiento en Norteamérica tuvo un resultado tan diferente del de Sudamérica” (2).

Mi traducción: “Uno de las cuestiones más importantes de la historia moderna es por qué el asentamiento noreuropeo de Norteamérica tuvo tales resultados [diferentes] respecto del asentamiento sudeuropeo de Sudamérica”.

Aparte de una expansiva imaginación unidireccional norte-norte, sur-sur, nótese que habla de dos continentes en América sin indicar un espacio geográfico de separación. Esa preocupación es tarea de un compatriota suyo – por el momento -, el politólogo y economista inglés Michael Reid, cuyo oficio principal ha sido el periodismo de opinión especializado en América, en particular la región latinoamericana. En un libro suyo de 2007 propone dicha separación afirmando que los “geógrafos suelen colocar la subdivisión continental en el istmo de Tehuantepec” (3).

Aparte de su vagancia informativa en citar geógrafos y fuentes consultadas, ¿Tehuantepec? ¿Alguien sabe dónde está Tehuantepec?

mapa_fisico_america_central_istmo_tehuantepec_e_istmo_panama

Ilustración del blog de Emilio Manzano

En vez de seguir la geografía física clásica, que afirma que la unión de las dos masas de tierra continental ocurrió en el istmo de Panamá hace entre 3 y 8 millones de años (4), Reid eleva esta conjunción fisiográfica a un istmo lo mas distante de América del sur que puede. Y lo mas cercano a Estados Unidos también. Recordad: norte-norte, sur-sur.

En España e Hispanoamérica también han habido vecinos e intelectos que alguna vez han indagado en esa misma cuestión de la diferencia anglohispana en América. Yo me pregunto, a raíz de las evidencias poblacionales de hoy día, si esa diferencia explicaría el exterminio de los habitantes americanos al llegar los ingleses, luego los británicos y, finalmente, otros europeos, mayormente norte-norte.

Hay otro británico, Nicholas Wade, que ha meditado una respuesta genética – aseguro a los lectores que es casualidad esta concurrencia británica. No tengo nada que ver en ella; responsabilizo a las bibliotecas de Barcelona del predominio anglosajón en sus materiales de lectura-. Este columnista científico – Nature; The New York Times-, pensó que no tendría bastante dinero con su jubilación y quiso sacarse unas perras escribiendo un libro polémico para tener publicidad gratis y, por ende, buenas ventas.

Nicholas Wade sugiere que el comportamiento social humano tiene un componente genético decisivo, de lo que deduce que los pueblos desarrollados han dependido de sus genes y, en consecuencia, entroniza a Inglaterra como la cuna de valores de la civilización mundial actual – capitalismo, industrialización, globalización-, y cuyo destino inapelable se escribió hace eones en los genes de sus gentes, aunque limita este don benefactor a la humanidad a ocho siglos, cuando los ingleses redactaron una Carta Magna en 1215. A partir de entonces, los hijos sobrantes de los ricos ingleses, al descender de escalafón social, llevaban con ellos la herencia del comportamiento social aprendido: “no violencia, alfabetismo, frugalidad y paciencia. Estos valores se difundieron entre clases económicas inferiores y la sociedad entera” (5). De ahí al mundo y, más allá, al universo.

¿Es razonable esta mermelada de ideas de Nicholas Wade? Para el genetista Carles Lalueza-Fox, “en un futuro lejano, se conocerá la base genética de los rasgos físicos e incluso, quizás, la conducta del ser humano” (6). Para el también genetista César Paz-y-Miño, “no existe característica humana que no esté determinada por la genética ni existe característica genética que no esté influenciada por el ambiente. […] Aunque cabe indicar que no tenemos genes de violencia o de agresividad, de egoísmo o de altruismo” (7).

En suma, la tesis de Nicholas Wade es que hay un componente genético del comportamiento social humano critico para la supervivencia humana y sujeto a cambio evolutivo siendo independiente en las cinco razas y dos subgrupos que él distingue en la humanidad.

Voy a comprarle su idea para razonar que el pueblo anglosajón (Reino Unido, EE.UU., Canadá, Australia y Nueva Zelanda) contiene en su linaje un gen exterminador de civilizaciones, culturas y otras etnias. El continente de América es un escalofriante ejemplo, aunque Australia, Nueva Zelanda, Hawái le andan a la zaga.

Primero de todo, ¿dónde se origina este gen y cuándo? La ciencia actual no lo determina todavía con suficientes evidencias, pero el origen más probable es la península escandinava, en las actuales costas de Suecia y Noruega, con la llegada de los pueblos protoindoeuropeos a Europa hace 4.500-5.000 años. Eran sociedades estratificadas (religiosos, guerreros, agricultores) y militarizadas que vinieron de las estepas pónticas de Asia Central en carros de cuatro ruedas y se dispersaron por toda Europa dando inicio a la Edad del Bronce, metal que sabían elaborar. De esa época proceden los principales linajes patrilineales europeos que supuso una abrupta sustitución de los antiguas culturas y linajes mesolíticos europeos, aunque la mezcla es total a decir de los científicos. Los haplogrupos actuales de mayor tamaño y extensión son R1a, R1b e I1.

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Los mapas reflejan los linajes patrilineales (ADN-Y) donde se puede rastrear la diversidad.

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Todos los mapas del sitio web www.eupedia.com

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Mapa europeo de composición genética poblacional según herencia paterna (ADN-Y)

Como todos sabemos hay dos pueblos europeos que dominarán la colonización en América: la corona de Castilla y, en menor medida, la de Inglaterra. En la península ibérica se conoce que la única mezcla amplia de linajes se produce con la llegada de los pueblos de la cultura Hallstatt D (Edad de Hierro, 650-475 a.E.), es decir, R1b + R1a, mientras que en las islas británicas su principal cruce étnico provendrá de los pueblos escandinavos, es decir, R1b + I1, a partir del 410 de nuestra Era tras la salida de las legiones romanas de Britania. Por entonces, la mayoría de las tribus godas ya habían emigrado de Escandinavia a la península de Jutlandia y la costa sur báltica, al menos unos 500 años antes, desde donde procrearían de tal modo que un descendiente de ellos llamó a la región, siglos después, “vagina de naciones” (8).

hallstatt_la_tene_map

No obstante, hay una notable diferencia entre Iberia y Britania: en la península ibérica la mezcla étnica se produjo sin guerras ni matanza de varones, situación habitual en los desplazamientos de pueblos invasores, en tanto que en las islas británicas no ocurrirá lo mismo. Se sugiere una feroz resistencia de los pueblos britanos, y la posterior venganza y masacre por las tribus anglosajonas y jutos, para explicar el porcentaje de casi un fabuloso 20% del haplogrupo I1 en el linaje actual británico. No mataban a las mujeres, claro está; más teniendo en cuenta que los diversos pueblos germánicos jamás pasaron de un 5% frente a las poblaciones del imperio romano (9). Los francos apenas eran el 2% frente a los galorromanos; unos 100.000 a 250.000 visigodos frente a 6.000.000 de hispanorromanos, siendo esta tribu la mayor población germánica de todas (10). Por eso no desapareció el latín.

Ese dominio territorial de unos pocos sólo podía prosperar a base de infundir terror tal como meditó el rétor y escoliasta griego Temistio (~317-388): “El miedo, un obstáculo que ningún hombre ha vencido después de convencerse de que estaba en inferioridad” (11). Con ese objetivo, los visigodos introdujeron en Hispania el uso de perros – ¿mastines ibéricos, pastor alemán?- para atemorizar al enemigo en las batallas; posteriormente, los castellanos emplearán este animal con el mismo fin en América.

Algunas fábulas populares europeas mencionan crueldades cometidas en esos tiempos como la leyenda de Bran Ruz [Cuervo Rojo en bretón] (12): cuando los britanos se asentaron en la península de Armórica (actual Bretaña francesa) hacia finales del siglo IV, dejaron con vida sólo a las mujeres, pero les cortaron la lengua para que no pudieran enseñar su idioma a los hijos que tendrían con ellas.

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Tampoco es tan extraña esta leyenda que impone la pérdida de una cultura por la fuerza. Los anglosajones arrinconarán a los britanos en una región que los ingleses denominarán Wales [Gales], que significa “país de los forasteros” y a sus habitantes Welsh [galeses], forasteros. Procede de Walchaz, vocablo del antiguo germánico, “extranjero” o “forastero”; en neerlandés la palabra waalsch tiene idéntico significado, y significa valón [Valonia, actual región francófona de Bélgica] (13).

Al contrario que la Galia e Hispania, la colonización de Britania no fue rápida ni fácil para los invasores germánicos: “El avance de los sajones occidentales hacia los territorios britanos de Devon y Somerset se basó en la creación de asentamientos nucleares, y sin duda en el exterminio de la población”. Estas conquistas se basaron en el “predominio demográfico” que la aldea y un sistema de campos abiertos permitía. Sin “superioridad numérica” la sociedad anglosajona se desmoronaba, como pasará al llegar las hordas vikingas. (14).

No cabe duda de que fue una época oscura y sangrienta que duró casi un milenio con unos primeros siglos de absoluta crudeza, aunque los descendientes de aquellas tribus bárbaras se vanaglorian de tener los mismos genes tal como expresa el título monárquico de Suecia: “rey de Suecia, de los godos y los vendos” (15).

Parece, pues, que tanto la historia como la genética coinciden en que el pueblo británico es el candidato idóneo para heredar y desarrollar un gen exterminador de culturas y seres humanos de otros continentes. A la vista está que en América los resultados de su acción son incontestables frente a la América española donde hay un batiburrillo de etnias americanas, europeas y africanas más otra nacida del mestizaje, la etnia latinoamericana. ¿Qué más se puede decir?

Curiosamente, este gen exterminador transplantado por los pueblos británicos a América pasa desapercibido en la historiografía anglosajona; tienen su propio argumento para explicar la diferencia norte-norte, sur-sur.

Hasta finales de 1980 “toda la historiografía [estadounidense] estaba orientada hacia la herencia angloprotestante”. Para ellos, “los españoles vinieron solos”, la herencia hispana es negativa y a los americanos, hasta el día de hoy [2005], les siguen calificando de “borrachos y vagos” (16).

scalped_2007

Viñeta de la historieta “Scalped” (2007), Jason Aaron y R.M. Guéra

Según estudios, el porcentaje de población femenina española alcanzó, entre 1509 y 1519, 308 españolas que viajaron a América, es decir, el 5,6% del total (17); otro estudio menciona un total de 1.041 mujeres entre 1509 y 1538, de las que 354 eran casadas; en el período 1560-1579, se aventuraron un total de 5.013 féminas, el 28,5% del total, un 60% solteras y la mayoría de la región de Andalucía con el 67%, sobre todo de Sevilla (18). De hecho, suponían un exceso de mujeres, por lo que la autoridad alentaba las bodas o la reclusión en monasterios, aunque también tuvo que establecer, mediante Real Cédula en 1526, “casas de mujeres públicas” (19).

Todo esto sin contar a las nativas americanas, antillanas la mayoría; muchas amancebadas con españoles a quienes acompañaron a la conquista de Tierrafirme, la América continental. Ellas suponían una compañía conocida frente a las españolas recién llegadas las cuales tampoco estaban muy contentas de ver a aquellos piltrafas tal como cuenta el Inca Garcilaso de la Vega (20):

DOYLOS AL DIABLO

Una de ellas dijo a las otras: -Dicen que nos hemos de casar con estos conquistadores. Dijo otra:-¿Con estos viejos nos habríamos de casar? Cásese quien quisiere, que yo por cierto no pienso casar con ninguno de ellos. Doylos al diablo; parece que surgieran del infierno según están de estropeados: unos cojos y otros mancos, otros sin orejas, otros con un ojo, otros con media cara, y el mejor librado la tiene cruzada una o dos vezes! Dijo la primera: -No hemos de casar con ellos por su gentileza, sino por heredar los indios que tienen, que según están viejos y cansados, se han de morir pronto y entonces podremos escoger el mozo que quisiéramos en lugar del viejo, como suelen trocar una caldera vieja y rota por otra sana y nueva. Un caballero de estos viejos (…) (en quien las damas no havían puesto los ojos) oyó toda la plática, y no pudiendo sufrirla más, la atajó vituperando a las señoras, con palabras afrentosas, sus buenos deseos. Y bolviéndose a los caballeros, les contó lo que havía oído y les dixo: “Casaos con aquellas damas que muy buenos propósitos tienen de pagaros la cortesía que les hiciéredes”. Dicho esto, se fue a su casa y mandó a llamar a un cura, y se casó con una india, mujer noble, de quien tenía dos hijos naturales (GARCILASO 1960: 113-114).

La historiadora americanista Carmen Pumar Martínez concluye acerca de las mujeres españolas:Fueron importantes en la función socioeconómica – encomiendas-, lingüística – enseñaban un español coloquial, no el de los curas-; cocina en los modos de guisar; las formas de vestir, las relaciones sociales. En definitiva, fueron las verdaderas maestras de una cultura española, creando así una tipología claramente diferenciadora de otras culturas colonizadoras” (21).

Mientras la corona de Castilla alentó el casamiento con las poblaciones americanas en las primeras décadas, la religión y la corona inglesa establecieron una segregación étnica desde el principio, lo que explicaría la difusión del gen exterminador por las colonias inglesas y británicas. A tal punto este gen regula el comportamiento social anglosajón que el estamento universitario estadounidense, todavía en 2005, seguía sin reconocer el origen español del nombre “Alabama”, aparecido por primera vez en la crónica del Inca Garcilaso de la Vega, La Florida del Inca. O el nombre “Oregón” escrito por primera vez en la Relación de la Alta y Baja California de Rodrigo Motezuma (22).

En fin, un gen ha sido suficiente para explicar la diferencia entre la América inglesa y la América española. Perdón, norte-norte, sur-sur.

Espero que el lector me haya enviado a la mierda alguna vez con este artículo que pretendía ser un divertimento a costa del mediático prestigio que supuestamente tiene la ciencia e historiografía anglosajonas de la que recomiendo mantener una cuarentena, por salud mental, y buscar otras fuentes con menos prejuicios identitarios y clasistas. Ídem de ídem respecto a los medios de comunicación.

Todos los datos están documentados, pero interpretados bajo la luz de la simplicidad, la ironía y el sarcasmo: norte-norte, sur-sur. ¿Una sonrisa?

– – –

La ciencia está lejos de la búsqueda objetiva e imparcial de verdades incontrovertidas que los no científicos pudieran imaginar. De hecho, es un empeño social en el que personalidades dominantes y discípulos de eruditos a menudo difuntos, aunque influyentes, determinan lo que es conocimiento común”.

Svante Pääbo

Bibliografía/notas

(1) FERGUSON, Niall. El imperio británico: cómo Gran Bretaña forjó el orden mundial (trad. Magdalena Chocano). Barcelona: Ramdom House Mondadori, 2006, p. 94.

(2) FERGUSON, Niall. EMPIRE: HOW BRITAIN MADE THE MODERN WORLD. Maryborough (Australia), 2008; first published, Allen Lane, 2003, p. 58.

(3) REID, Michael. El continente olvidado: la lucha por el alma del continente olvidado. Barcelona: Belacqva, 2009, p. 44/45.

(4) https://www.scientificamerican.com/espanol/noticias/nuevo-estudio-apunta-a-una-union-no-tan-antigua-de-las-americas/ [consultado 281116, artículo de agosto de 2016] http://www.investigacionyciencia.es/noticias/el-genoma-de-las-hormigas-reescribe-la-historia-del-istmo-de-panam-14710 [consultado 281116, artículo publicado 041116] https://es.wikipedia.org/wiki/Gran_intercambio_americano http://elpais.com/elpais/2015/04/09/ciencia/1428587025_661594.html [consultado 281116; publicado 090415]

(5) WADE, Nicholas. Una herencia incómoda: genes, raza e historia humana (trad. Joandomènec Ros). Barcelona: Ariel, 2015, p. 170.

(6) LALUEZA-FOX, Carles. Races, racisme i diversitat. València, Edicions Bromera, 2002, p. 150

(7) http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/columnistas/1/habitat-y-genes [consultado 281116; publicado 151016]

(8) SANZ SERRANO, Rosa. Historia de los godos: una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo. Madrid: La Esfera de los Libros, 2009, p. 40.

(9) BARRERAS, David y DURÁN, Cristina. “Breve historia del feudalismo”. Madrid, Nowtilus, 2013, pp. 68, 91, 106.

Mencionan 100.000 visigodos, uno de los pueblos germánicos más numerosos; 12.000 ostrogodos en la península itálica; 80.000 vándalos pasaron al norte de África en el 429; los francos no llegaban al 2% frente a los galorromanos cuando su rey Clodoveo I unifica el reino (481-511); finalmente, señalan que el medievalista Julio Valdeón opina que la proporción no debía pasar del 5% frente a los pueblos romanizados. Por eso el latín no desapareció como lengua; sin olvidar que las lenguas “germánicas” carecían de registros históricos (escritura).

(10) Norman Davies, en su libro “Reinos desaparecidos: la historia olvidada de Europa”, menciona que llegaron 80.000 burgundios a Borbetomagus (Worms) en el invierno de 406-407. En el 436, el general romano Flavio Aecio llamaría a los hunos para que les atacase; éstos matarán a 20.000 burgundios (p. 121).

(11) DAVIES, Norman. Reinos desaparecidos: la historia olvidada de Europa (trad. Joan Fontcuberta y Joan Ferrarons). Barcelona: Galaxia Gutenberg et alii, 2013, p. 31.

(12) DESCHAMPS, Alain (guión) AUCLAIR, Claude (dibujo). Bran Ruz. Madrid, Nueva Frontera, 1983.

(13) Ver (11), p. 61. También Hugh Kearney. Las islas Británicas: historia de cuatro naciones 1999, p.85. Este historiador opina que el término “Gales [Wales, extranjero]” es un “concepto escurridizo que sólo existía en las mentes de los anglosajones; pero ellos se veían a sí mismos como britanos [los galeses]”.

(14) KEARNEY, Hugh. Las islas Británicas: historia de cuatro naciones (trad. Julio A. Pardos). Madrid. Cambridge University Press, 1999, p. 53/54.

(15) MIRANDA-GARCÍA, Fermín. Breve historia de los Godos. Madrid: Nowtilus, 2015, p. 17.

(16) MAURA, Juan Francisco. Españolas de ultramar en la historia y en la literatura (siglos XV-XVII). Valencia: Publicacions de la Universitat de València, 2005, p. 11-13. PDF descargable del libro > http://parnaseo.uv.es/editorial/Maura/

(17) PUMAR MARTÍNEZ, Carmen. Españolas en Indias. Madrid: Anaya, 1988, p. 9.

(18) MAURA, Juan Francisco. Españolas de ultramar en la historia y en la literatura (siglos XV-XVII). Valencia: Publicacions de la Universitat de València, 2005, pp. 33 y 52.

(19) ibid., p. 35

(20)http://www.academia.edu/15149477/LA_IMAGEN_DE_LA_MUJER_INDÍGENA_EN_LAS_CRÓNICAS_DE_INDIAS_1996_JOURNAL_OF_HISPANIC_PHILOLOGY_ [Consultado 291116; publicado 1994]

(21) PUMAR MARTÍNEZ, Carmen. Españolas en Indias. Madrid: Anaya, 1988, pp. 20, 28.

(22) MAURA, Juan Francisco. Españolas de ultramar en la historia y en la literatura (siglos XV-XVII). Valencia: Publicacions de la Universitat de València, 2005, p. 55.

Cita de Svante Pääbo > http://elpais.com/elpais/2015/09/25/ciencia/1443202617_851224.html

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