AMERICA PARA LOS AMERICANOS


AMERICA PARA LOS AMERICANOS

Hacía rato que el tren había abandonado la destartalada urbanización perimetral de Ríobamba, camino de Urbina, en la ruta del “Tren del Hielo I”. Notaba ya el influjo bienhechor del aire puro de los Andes a la vista de aquellas llanuras, muchas de ellas cultivadas por los llamados, hoy día, indígenas. La guía fijó la mirada también en aquello que veíamos los turistas y mencionó que estas eran las tierras de los puruháes, pobladores anteriores a los incas. A continuación calló y desvió la mirada nuevamente a aquellas tierras y a aquella gente. Quién sabe si pensó que a alguien pudiera interesarle su historia. A los ecuatorianos actuales, mestizos en sus tres cuartas partes, desde luego no sienten aprecio, y los gringos presentes tampoco preguntamos. Me apenó que la guía no extendiera la información acerca del pueblo puruhá, pero preferí respetar su silencio.

En el vagón apenas se escuchaba el rumor de algunos comentarios sobre el paisaje mientras el tren siseaba por las vías. La mente empezó a divagar en lontananza hasta las alturas ocultas por las nubes para preguntarse sobre el origen de esta etnia; americanos conquistados por los europeos. ¿Americanos o indios?

                        1976
                                      Guayaquil

El señor Medina era un ecuatoriano solterón de carácter espinoso, con un bigote fino, una cabeza estrecha y unos severos ojos grises. Llevaba el nudo de la corbata bien apretado, los pantalones bien planchados, las puntas de los zapatos bien lustradas y puntiagudas (resultaba difícil creer que dentro había cinco dedos). […]

– El problema de Ecuador es un problema racial. Los indios son perezosos. No son como sus indios. A veces se cortan el pelo y trabajan, pero no ocurre a menudo. En Ecuador no hay pobres, sólo hay indios. Son analfabetos y enfermizos.

– Entonces, ¿por qué no los educan? Proporciónenles médicos y escuelas. Por eso se dedican a deambular sin rumbo por Quito y Guayaquil, piensan que en esas ciudades encontrarán lo que les falta en el campo.

– No tienen ni idea de por qué han venido a Guayaquil. No saben qué hacer aquí. Venden unas pocas cosas, piden, algunos trabajan, pero todos están perdidos. Siempre están perdidos.

– ¿Incluso antes de que llegaran los españoles?

– Sin duda. El imperio inca se ha sobreestimado.

– ¿Quién está de acuerdo con usted?

– La mayoría, pero les asusta decirlo. Si se quedara aquí más tiempo, estaría de acuerdo conmigo. Los incas… ¿quiénes fueron? No tenían una gran cultura, ni tenían literatura, ni tenían nada. No impresionaron a los españoles, y ni siquiera ahora me impresionan a mí. No sé de qué habla esa gente cuando enseña esas jarras y esas máscaras. ¿No ven lo toscas que son? Los incas no eran guerreros: no lucharon contra los españoles. Los españoles los aplastaron.

Dije que los españoles llegaron en un período de guerra civil. Atahualpa había usurpado el trono inca a su hermano. El pueblo era fatalista; creyeron que los españoles habían sido enviados para castigarlos. No fue difícil conquistar un pueblo que ya creía de entrada que era culpable.

– Eran una raza degenerada – dijo el señor Medina.

– Los incas tenían un sistema de seguridad social que era muchísimo mejor que todo lo que ha producido Ecuador.

– Eran lo que ve: gente perezosa con una mentalidad diferente.

– Diferente de la suya, quiere decir.

– Y de la suya. Esta conversación sobre los incas en Ecuador es un sinsentido: la historia de Ecuador es la historia española, no la historia india.

– Eso suena a epitafio -dije-. ¿En qué tumba se escribirá?

The Old Patagonian Express: By Train Through the Americas, Paul Theroux (1979)

El viejo Expreso de la Patagonia. Un viaje en tren por las Américas, Ediciones B (2000)

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1833

Patagonia atlántica

Llegaron al campamento del general Rosas por la noche. El lugar parecía más la guarida de una banda de forajidos que el cuartel general de un ejército invasor. Muchos eran mulatos con una especie de sangre india, negra y española, otros eran indios que habían tomado partido por el bando argentino. […]

La táctica de su campaña contra los indios [los patagones o tehuelches] era realmente muy simple. Rodeaba a los que estaban dispersos por la pampa, pequeñas tribus de un centenar de individuos que vivían cerca de las salinas o lagos salados y, cuando los que huían de él habían sido concentrados en un lugar, procuraba matarlos a todos. No había muchas posibilidades de que los indios huyesen al sur del río Negro, explicaba, pues tenía un acuerdo con una tribu amiga en virtud del cual se obligaban a asesinar a todos los fugitivos que se cruzasen en su camino. Estaban impacientes por hacerlo, decía Rosas, porque les había anunciado que mataría a uno de su propio pueblo por cada indio rebelde que consiguiera escapar.

Durante la estancia de Darwin el campamento era un continuo hervidero, cada hora llegaban noticias y rumores de escaramuzas. Un día llegó la noticia de que uno de los puestos de Rosas en la carretera a Buenos Aires había sido destruido; se le ordenó a un comandante llamado Miranda partir con trescientos hombres y tomar represalias. […]

Se avistó a un grupo de indios que atravesaban la extensa llanura y los hombres de Miranda cargaron al galope contra ellos. […] Al final acorralaron a unas ciento diez personas entre hombres, mujeres y niños. Todos los hombres que no se avinieron a colaborar como informantes fueron fusilados. Las muchachas atractivas eran apartadas para ser repartidas más tarde entre los soldados; las viejas y las muchachas feas eran sacrificadas. Los niños eran conservados para venderlos como esclavos.

Entre los prisioneros que no fueron fusilados había tres jóvenes especialmente apuestos, muy hermosos y con más de un metro ochenta de estatura. Se les puso en fila para someterlos a interrogatorio. Cuando el primero se negó a divulgar el paradero del resto de la tribu, lo mataron de un tiro. Lo mismo ocurrió con el segundo, y el tercero no vaciló lo más mínimo: “Fuego, dijo, soy un hombre. Puedo morir”.

Darwin estaba aterrado, pero poco podía hacer excepto confiar a su diario la creencia de que estos cristianos eran mucho más salvajes que los indefensos indígenas a quienes destruían. Sin embargo, todos en el campamento de Rosas estaban convencidos de que lo que estaban haciendo era absolutamente justo y correcto. Los indios estaban resentidos contra los argentinos que invadían sus tierras de caza, y habían matado las ovejas y el ganado vacuno de los rancheros. Por eso eran criminales y tenían que ser destruidos. El propio Darwin podía dejarse capturar y comprobar cuán apacibles eran. Al menos, sostenía, se podría perdonar a las mujeres, pero le replicaban: “no puedes dejarlas. Crían muy rápido”. En resumen, los indios eran alimañas, peores que ratas, y no había nada que hacer.

Darwin and the Beagle, Alan Moorehead (1969)

Darwin. La expedición en el Beagle, Ediciones del Serbal (1980)

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Hudson se equivocó al predecir que la Patagonia permanecería desierta. Al menos el sur resultó ser uno de los mejores espacios ovejunos del mundo: en treinta años, las explotaciones ovinas, muchas de ellas británicas, se adueñaron del territorio. La provincia de Santa Cruz [⅔ partes de la Patagonia] se convirtió en un país de grandes propiedades y de grandes partidas de caza.

Hacia fines del pasado siglo [XIX], el reverendo Thomas Bridges se estableció en el canal Beagle como misionero; y antes de que sus indios [tribus fueguinas] desaparecieran víctimas de las epidemias, logró compilar un diccionario de su idioma. Este diccionario es ahora un monumento. A Darwin probablemente le habría sorprendido enterarse de que un joven de la tribu yaghan [sic] utilizaba un vocabulario de unas 30.000 palabras, tal vez más de las que nunca escribió Shakespeare.

Patagonia Revisited, Bruce Chatwin & Paul Theroux (1985)

Retorno a la Patagonia, Ed. Taller de Mario Muchnik (2001)

El manuscrito original se puede ver en el Museo Británico.

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Cuentan los cronistas de la época colonial hispano-portuguesa que los indios hablaban multitud de lenguas, tantas que los misioneros, para divulgar la palabra del dios cristiano europeo, impusieron el quechua, el guaraní y el náhuatl como lingua interfranca, ya que era de suma dificultad aprender todas las lenguas indígenas, pues causaba enojo y retraso tal como comenta el jesuita Bernabé Cobo en su libro Historia del nuevo mundo (1653): “Porque, apenas se halla valle un poco ancho, cuyos moradores no difieren en lengua de sus vecinos. Más ¿qué digo valle? Pueblo hay en este arzobispado de Lima que tiene siete ayllos o parcialidades cada uno de su lengua distinta…”, citado por Juan M. Ossio en su libro “Los indios del Perú” (Mapfre, 1992).

De todos es sabido que Colón denominó “indios” a los habitantes de aquel continente que pronto conocerían los europeos bajo el nombre de América. Hoy, en cambio, tenemos que tal término se lo ha apropiado un país, Estados Unidos, cuyo origen, cultura e historia apenas tiene nada que ver con dicho continente salvando los últimos 250 años, de resultas que dicha nación, de etnia mayoritaria europea, designada por el dios de los cristianos europeos como el pueblo elegido, es más antigua que la propia América, habitada por el homo sapiens desde hace unos 17.000 o 18.000 años según la fuentes arqueológicas.

Para obviar dicha paradoja el mundo anglosajón se han inventado el término “The Americas” para designar al resto de los países que conforman el continente. Es decir, un rasgo geológico, de entre 3 a 9 millones de años, pasa a ser un hecho diferencial cultural que cambia la historia del mundo. Por algo fueron elegidos el pueblo de dios, una entidad espiritual que los no creyentes ignoramos su existencia. Al menos jamás se ha podido demostrar científicamente, pero no importa cuando se trata de nombrar el Paraíso: vastas tierras cultivables y mineras, prácticamente deshabitadas, que esperaban la mano benigna del hombre, hemmm… ¿americano?

Esta influencia denominativa alcanza a buena parte del planeta. Hace tres días se publicó un artículo en el diario El País, donde el economista Joaquín Estefanía, en un artículo sobre la crisis económica mundial, la desigualdad y la guerra de clases, designa al ricachón estadounidense Warren Buffett, cada vez que le menciona, como “americano”, una acepción correcta; sin embargo, jamás he leído tal denominación, en ese periódico, para cualquier otro representante de los ricachones de otro país americano, por ejemplo, el mejicano Carlos Slim. Ni siquiera una vez. Y no veo la diferencia.

Imaginemos la etapa del nacimiento del imperio romano, con la muerte de Cayo Julio César (año 44 antes de nuestra era). Su hijo adoptivo, Cayo Octavio Turino, inicia una serie de guerras civiles contra los partidarios de la República, al tiempo que Roma expande sus conquistas por Europa, África y Asia. Ahora supongamos que un ejército mongol invade las fronteras de Europa desde Asia central. Conocen la pólvora y han inventado los cañones.

Los mongoles arrasan allí por donde van, y se establecen en un territorio que ocupa la actual Holanda, la mitad de Alemania y la mitad de Francia. Pasados los siglos sus libros de historia y de ciencia les nombran como europeos a pesar de los evidentes rasgos físicos distintos de los pobladores originarios; éstos pasan a ser aborígenes, indígenas, nativos. Quizás se conserven sus nombres originales: íberos, celtas, galos, francos, itálicos, griegos, germánicos, eslavos, etc. En todo caso jamás de los jamases volverán a ser europeos. Ahora esa palabra pertenece a los mongoles y la usa buena parte del mundo para mencionarles, sobre todo las regiones asiáticas de donde proceden. Son el pueblo que un dios chamánico de aquellas tierras ha designado el elegido para mandar sobre los demás. Al fin y al cabo, la historia y la ciencia la escriben ellos imponiendo su influencia y prestigio.

Este símil es, en realidad, verosímil. Faltan pulir detalles, pero grosso modo, es una historia verídica sucedida con otros protagonistas.

Existe un concepto llamado evolución. Nada es fijo, ni siquiera el planeta Tierra ni el Universo. En este dinamismo la historia tampoco es inamovible y convendría ir ajustando los nombres a la realidad histórica. América es un continente. Estados Unidos es un país de ese continente. Tan americano es un guatemalteco como un inuit canadiense como un brasileño. De hecho, incluso diría que más, pues el mestizaje en muchos países americanos les otorga esa historia de la que carecen los estadounidenses europeos.

Se ha de reconocer que el término adecuado, en inglés, para designar a los habitantes de United States (U.S. > usian) es corto y eufónico; en cambio, en español, es más largo que un día sin comer: es-ta-do-u-ni-den-se, y no me convence useño como han propuesto en algún blog por su nula eufonía. Qué le vamos a hacer; quién sabe el uso que tendrá una palabra en el futuro. Depende de los hablantes, como siempre. Eso no ha cambiado.

Con la mente divagando por los cielos andinos y el tren traqueteando suavemente hacia la estación de Urbina me pregunté quiénes eran los puruháes, de dónde venían, quiénes estuvieron antes que ellos en los Andes ¿y en la costa ecuatoriana?, ¿quiénes fueron los primeros habitantes de Ecuador? La respuesta tendría que ir a buscarla a un mundo desaparecido hoy día bajo las aguas, unas tierras de cierta sonoridad evocadora mágica que unieron Asia y América: Beringia.

Imagen de portada del post: americano tehuelche, ¿siglo XIX, XX? extraída de bbc.co.uk/mundo

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