INSENSATEZ EN EL MUSEO GUAYASAMÍN [020213]


En una media hora recorrí el “museo Guayasamín”. Extrañado de ver tan pocos cuadros me dirigí a la tienda de artículos y compré casi una docena de postales. En la planta superior anduve ojeando otros productos artísticos a la venta, realizados por el Taller de Guayasamín, basados en sus dibujos y bocetos, tales como joyería, escultura, obra gráfica, textil.

Una dependienta se me acercó mientras miraba camisetas, fue solicita conmigo aunque no pedí ninguna información ni que me enseñara nada. Quise adquirir algo pero nada me gustaba; tampoco la educada presión comercial de la atenta señora. Lo siento, dije, por desvivirse en su atención hacia mí, pero se la veía descontenta. Qué le vamos a hacer.

25 - Tiquet de entrada Capilla del Hombre (Quito,Ecuador,febrero 2013)Entrada a la exposición Capilla del Hombre (febrero 2013)

Recorrí el resto de los escaparates a mi aire y, entonces, lo vi, me atrapó al instante como un sortilegio: era un precioso colgante con tres soles, uno de ellos central y más grande que los otros dos, de idéntico tamaño, si no recuerdo mal. Caramba, aquella joya era una ensoñación, desde hacía mucho tiempo, hecha realidad; adorno perfecto para el cuello de cisne de una chica a la que considerases una diosa.

Pregunté el precio a un joven dependiente: 225 o 250 dólares. Por los dioses antiguos. Se entabló en la mente una lucha por mantenerme sensato y pensar en el presupuesto del viaje o gastarme un dinero extra con la tarjeta bancaria en esa locura y quedarme sin soporte monetario en caso de incidente imprevisto. Tenía que elegir y los minutos pasaron veloces. El viaje, el viaje es lo primordial, pensaba; no obstante, era probable que aquel colgante no lo viese nunca más. Las ideas no se ponían de acuerdo y yo no me decidía.

El dependiente al que pregunté era estudiante del Taller de Guayasamín y me explicó algunos pormenores de la obra del artista respecto a la joyería y del propio Taller.

Empujado por Cronos, acepté, con dolor, que ganase el egoísmo de continuar el viaje con el presupuesto planificado. Ah, suspiré por Guayaquil y aquellos 200 dólares que ahora estarían en mi poder. Tenía la cartera abierta en la mano con los billetes recontados a la vista; podía pagar si ahorraba durante el resto del viaje privándome de otras aventuras, esta vez incluía recorrer la costa de Esmeraldas a Salinas. Insensatez. No había tiempo para recalcular un plan B económico serio. Tampoco disponía de un plan Z, zombi, aquel para la peor de las situaciones imaginadas. En principio, el seguro de viajes con IATI cubría varias contingencias, pero no todas.

Rendido a las circunstancias pedí permiso para fotografiar el colgante; el joven sonrió en silencio, mostrando su alegría de aprobación, al ver que un extraño apreciase aquella joya realizada por el Taller. Entonces un sonoro “no” resonó en el espacio en consonancia con el eco retumbante procedente de una voz imperante.

Giramos nuestros pescuezos hacia la dependienta que me había atendido antes: sus ojos, empequeñecidos, estaban clavados en nosotros. Ladeó enseguida su cuerpo evadiendo nuestras miradas; fijó la vista al frente y se puso a caminar por el establecimiento a la escucha. Conocía tan bien aquella mirada en las chicas, este tono de voz disgustado, esa expresión facial cuyo significado indudable es que no van a razonar. No era la primera vez que tenían conmigo un comportamiento tal y, de momento, no ha sido la última. Presumo que poseo un imán para colgarme noes.

En algún caso suelo acordarme de los espartanos. Cuando Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro Magno, extendió sus conquistas sobre las ciudades estado de La Hélade envió un emisario a Esparta, todavía sin conquistar. Éste se presentó con la sal en una mano y la tierra en la otra, símbolos de paz en la antigüedad, y les preguntó: ¿Cómo queréis que vengamos, como amigos o como enemigos?. “Ni de un modo ni del otro”.

Ante la incomprensible negativa de su jefa, el chaval aguardó, antes de volverse hacia mí y gestualizar en su rostro su pesar; comprendió que no cambiaría de parecer. Le devolví el cumplido con un movimiento de barbilla y me esfumé de la tienda.

Caminaba meditabundo, cabizbajo, por la sala principal de entrada, abandonando ya el “museo Guayasamín”, cuando el sonido de una cámara fotográfica me alertó; levanté la cabeza, una joven turista latinoamericana agarraba su cámara, equipada con un gran objetivo, disimulando su mirada al frente tras un leve giro de cabeza. Me di cuenta de cómo iba vestido: una camiseta de tirantes que translucía el cuerpo hasta la cintura; el resto de la ropa me la quité escalando el monte Guayasamín y la dejé guardada en una pequeña mochila playera.

Una vez afuera me extasié con dos esculturas de origen maya y tolteca, colocadas en los accesos a la “Fundación Guayasamín”, ya que el propio pintor y escultor era amante de las antiguas civilizaciones americanas teniendo su propia colección. En este caso eran dos estatuas donadas por los países de Honduras y Méjico, la Estela de Copán (un rey y sus hechos deificados) y un Atlante de Tula (monolitos de guerreros), respectivamente.

27 - Estela de Copán @ Capilla del Hombre - Guayasamín (Quito,Ecuador,febrero 2013)Estuve un rato por los alrededores buscando dónde estaría la Capilla del Hombre que mencionaba la guía Lonely Planet y, también, una cafetería con terraza dada la panorámica de toda una cordillera junto a una urbe humana. Nada.

Me senté a descansar en los bordillos altos de la acera de enfrente. En una hora me iba de Quito y me puse a meditar sobre los hados en los viajes a Ecuador mientras fumaba un cigarrillo de liar. No he vuelto a ver aquel colgante en ninguna página web y casi han desaparecido del propio sitio web del Taller de Guayasamín. Igual que una reliquia. 45′.

26 - George_Nowicki_102738563_Casa-Museo-GuayasamínFoto de George Nowicki (Panoramio/Google) desde la Casa-museo Guayasamín.

Se aprecia la cúspide cónica de la Capilla del Hombre.

Taller de Guayasamín letrero web

www.tallerdeguayasamin.com

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