JEFE, A LA ESTACIÓN DE CHIMBACALLE [310113]


10.30, a desayunar. Intenté caminar hacia el perímetro de La Mariscal para alejarme de “gringolandia” y encontrar un bar asiduo del quiteño medio y nada turístico, pero no lo conseguí. Enfilé por la avenida Amazonas y, luego, me perdí. Quince minutos después encontré una granja, como denominamos en Barcelona a las cafeterías que no sirven alcohol, aunque hoy día son, además, un compendio de panadería y pastelería industrial.

El establecimiento lo llevaba una familia, eran los dueños y los trabajadores, como casi cualquier negocio en Ecuador. Ofrecían un típico menú desayuno a base de café negro con un emparedado de queso o jamón dulce por dólar y medio, el habitual “sanduche” que dicen en Ecuador, Venezuela, Colombia, Perú y Chile; palabra coloquial que no acepta el diccionario panhispánico de dudas. En su lugar se emplea el anglicismo culto sándwich, más fiel al original, pero más difícil de pronunciar.

41 - Precios_'desayunos Express Quito' (Ecuador,enero 2013) 40 - Menú_'desayunos_Express_Quito' (feb. 2013)

Un cliente pidió un batido de frutilla. Sin saber lo que era pedí que lo añadieran a mi menú. Sabía que la frutilla era una especie de fresa o mora, según me habían dicho, aunque ignoraba qué era un batido.

La frutilla es “una especie de fresón”, según la DRAE, y el fresón es más grande y ácido que la fresa; en cuanto al batido en sí se refiere a una mezcla de fruta y leche con azúcar. Existen variantes que explica cómo prepararlas rápido y bien la señora Laura Grimaldi en imágenes.

42 - Batido de frutilla (Laura_Grimaldi_elrincondelaurag.com)

No sé cuánto me costó el batido de frutilla porque, en Ecuador, nadie te da tique de compra ni recibo de un consumo si no es un supermercado o un centro comercial. Averiguaciones posteriores informan que es una fruta cuya mayor producción, en el país, se concentra en la provincia de Pichincha, cuya capital es Quito, con 400 hectáreas, y, también, se cultiva en las provincias andinas contiguas y Cuenca. Es una alternativa económica para pequeños agricultores cuya inversión pueden recuperan en medio año; un cultivo rentable de venta semanal directa a supermercados y restaurantes.

Serían las 11 de la mañana cuando me trajeron el batido de frutilla en copa alta con una capacidad de un cuarto de litro o un tercio. Lo miré con cierta desconfianza; tenía mis dudas respecto a la higiene de las frutas en Ecuador. En 2007 comí moras compradas en un mercado central de Cuenca. Estaban buenísimas, pero horas después trajeron consecuencias intestinales inesperadas. En fin, confié en que el gobierno ecuatoriano tuviera un buen control sanitario de los locales comerciales de comidas y bebidas. Estaba siendo ingenuo, a pesar de haber leído las recomendaciones de las guías de viaje (Lonely Planet y otras), porque quise creer que, en este tema, el gobierno de la “Revolución Ciudadana” se había puesto las pilas y, si otro ser humano se estaba tomando un batido de frutilla, no me podía sentar mal a mí. Iluso.

43 - Parque El Ejido (Quito,Ecuador,310113) final

Pasado el mediodía estaba en el parque de El Ejido. La idea era caminar desde dicho lugar hasta la estación de tren de Chimbacalle y ver qué tipo de transporte público tenía cerca para arribar mañana, sin embargo, deseché el recorrido porque no me daría tiempo de ver el centro histórico y subir al teleférico para ver un panorama a 4.050 mts.

44 - Parque El Ejido (Quito,Ecuador,310113) - WP

Pillé un taxi: “Jefe, a la estación de Chimbacalle”. Puso el taxímetro y, una vez ya en marcha, me preguntó si era de Estados Unidos. Mi apariencia gringa y habla española no encaja en el imaginario ecuatoriano, ni tampoco en los mismos gringos, dicho sea de paso. El taxista era un tipo dicharachero, convencido partidario del presidente Correa. Hablaba de los grandes cambios habidos en el país: infraestructuras, sanidad y educación gratuitas, etc. Hubo una conversación fluida y risueña hasta llegar a la estación de trenes.

La carrera costó 3 dólares con 79 centavos. Le entregué un billete de 5 mientras finalizábamos la charla; como remoloneaba en devolverme el cambio, seguí hablando un poco más sin terminar de salir del coche para que se diera cuenta del hecho. En vista de que se hacía el cojudo no me quedó más remedio que espetarle: “El vuelto, por favor”, dicho en expresión ecuatoriana.

Ostras, salió de su abstracción con un “¿Ah?”, transmutando su rostro bobalicón en enojo. Se volvió mohíno, en silencio, al monedero y me devolvió la diferencia en incontables monedas de 1, 5 y 10 centavos. La leche.

Salí sin contar el dinero; cuando se fue me fijé que el cambio alcanzaba 84 centavos. Ach, esa mentalidad de sabidos.

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