QUITO DE NOCHE: JOLGORIO Y MOGOLLÓN DE PEÑA (3/3) [300113]


El breve trayecto entre el cine 8 y medio y la avenida 6 de diciembre transcurrió sin incidentes a pesar de la oscuridad reinante en las calles Valladolid y Madrid; todo recto iba a dar a la plaza Foch y, cerca, estaría el hostal Nassau.

Nunca hubiese imaginado que a partir de la avenida 6 de diciembre, por el centro del barrio La Mariscal, pudiera encontrarme una aglomeración de gente a estas horas de la noche de un día cualquiera.

En la esquina de dicha avenida con la calle Mariscal Foch se iniciaba una cadena de bares que competían en ruido propagando a los cielos el estilo musical del garito: heavy metal, The Doors, tecno-cumbia, salsa, rock, grunge, sobre todo mucha música internacional. Esto no se parece al Ecuador típico.

40 - Mapa ruta seguida cine '8 y medio' a Hostal Nassau. Perdido en el caminoInfografía adaptada con la imagen del mapa de Quito de www.openstreetmap.org (mejor que google maps)

Estaba flipando colorines: a ambos lados de la calle Mariscal Foch te situabas en medio y escuchabas un estilo musical, avanzabas un metro y se oía otra música. Flash total. Miré hacia arriba a las ventanas de los pisos a ver si leía alguna pancarta clamando contra el monumental ruido, a todas luces desproporcionado; un marasmo estratodecibélico pugnando en dura competencia con el sentido de la vista. Mientras caminaba por el enorme teclado al aire libre, que era la calle Mariscal Foch, los ojos se fijaban en la multitud paseando por todas las calles adyacentes, mayoría de jóvenes con apariencia de estudiantes y un apreciable número de turistas extranjeros, y de todas las edades: la mayor cantidad que vi en Ecuador. Si hasta habían los habituales saltimbanquis infaltables en cualquier ciudad internacional animando el ambiente.

Qué sorpresa mayúscula contemplar tal mogollón de gente en el epicentro del barrio La Mariscal; quise sentarme a tomar un café, una birra o una copa y recrear la vista. Imposible: todas las terrazas de la plaza Foch estaban a rebosar de mirones que habían hecho de la silla su segunda residencia sin faltar las parejas conversando en tono íntimo, con poco besuqueo y más atención ante el desfile del mundo entero.

Había leído artículos viajeros acerca de la animada diversión nocturna de la ciudad, pero no imaginé esta marabunta; movido por la curiosidad exploré las calles de alrededor, calculando su extensión, siguiendo el azar de las diversos ríos humanos; se formaban largas colas en los escasos cajeros bancarios para sacar dinero. En la zona se respiraba tranquilidad: la policía (no recuerdo si metropolitana o nacional) tenía estacionado un patrullero; las motos policiales rondaban las calles y a algún agente le tocaba vigilar, de pie, en las esquinas más asiduas: una vigilancia discreta. Entre tanta gente es normal que se produzca algún disturbio y bullas, pero enseguida llegaba alguna motocicleta policial para poner orden como pude observar.

Estaba anonadado por las dimensiones de la masa humana, inabarcables en una hora, hasta tal punto que me desorienté y ya no supe localizar la calle Joaquín Pinto donde estaba el Hostal Nassau.

Tres horas antes había sabido cruzar estas calles memorizándolas para llegar al cine 8 y medio sin usar el plano que me dieron en la oficina de turismo de la terminal terrestre de Quitumbe. Ahora estaba confundido por las luces de los carteles publicitarios, la música a todo volumen de los bares, el movimiento de la gente y el murmullo generado; había perdido los puntos de referencia ya que la iluminación general era insuficiente para recordar cómo eran las fachadas de los edificios que crucé en la ida. Desorientado entre el gentío a decenas de metros del hostal. No daba crédito a lo que me pasaba y me obstiné en localizar mi estancia en Quito. Cuando pasé cinco veces por la plaza Foch y otras tantas por los mismas vías urbanas, después de 45 minutos dando vueltas, supe que jamás encontraría la calle Joaquín Pinto por mí mismo.

Los rótulos de las calles son pequeños y de fondo oscuro; de noche quedan ocultos por la iluminación monstruoso-japonesa de los bares: un guirigay de luces que confunden el color natural de los edificios, el mobiliario urbano y cualquier punto de referencia visual que el cerebro haya almacenado a otra hora. Para colmo no todas los tramos tienen su correspondiente cartela anunciando el nombre de la calle.

La solución para escapar de aquel laberinto fue retroceder hasta la avenida 6 de diciembre en busca de un taxi.

Justo al abrir la puerta de uno escuché por detrás a alguien que se dirigía a mí en inglés: “Hi, can I help you?”. Me giré y vi a un joven montado en una bici de carretera con unos distintivos bujes cromados granates que bien podrían ser unos Progress Turbine Ultra acordes con el diseño y ligereza del equipamiento de la bici que no era de las económicas; estaríamos hablando de unos 500 euros (~635$ al cambio actual) sólo en las ruedas si las compras en España. Lo normal es que las tiendas te vendan el juego completo buje, radios y llanta. Presupongo que en Ecuador un par de ruedas semejante será más caro; en las bicicletas que venden las tiendas ecuatorianas en línea he visto una notable diferencia de precios, entre 150 a 300 dólares en la misma marca, con respecto a España. No obstante los ecuatorianos han visto en internet un modo de adquirir productos caros en el país a precios razonables obligando, a su vez, al gobierno a elevar los impuestos a ciertos artículos de importación y gravando el transporte máximo permitido exento de impuestos o con baja carga fiscal procedente del exterior. Aquí estaba la gracia del éxito de la compra por internet para la clase media y la pudiente.

Supongo que el precio es también uno de los motivos por los que el gobierno ecuatoriano impulsa la fabricación nacional de bicicletas de montaña y carretera para que todo el mundo pueda comprar una, aunque no es el único: fomentar la practica del ejercicio sano y reducir la obesidad, que falta le hace a la población en general según los últimos estudios y encuestas de alimentación en Ecuador, sería la otra razón principal. Además, los municipios están diseñando ciclovías [carril bici] para incentivar el uso del ciclismo.

Can I guide you through…?”, me preguntó el joven al verme parado con una mano agarrando la puerta abierta del taxi y girado mientras contemplaba la bici. El chaval tendría una veintena de años, de tez blanca, vestimenta informal semideportiva y un inglés con acento británico.

Dudaba qué contestar. Unos minutos antes es probable que hubiera agradecido su ayuda, igual hubiera sido el principio de una interesante conversación. Con el taxi aguardando mi mente ya se había trasladado hasta la cama del hostal en una alfombra mágica. Estaba rendido y llevaba más de 24 horas sin dormir en posición horizontal.

No, sorry. Anyway thanks”, le contesté. “Okay. You are welcome”, añadió con un tono resignado, quieto junto a su bici, mientras me miraba subiendo al taxi. Me supo mal, pero estaba decidido. Quizá de haber sido una chica habría hecho un esfuerzo. Ya se sabe la simpleza con la que piensan muchos tíos: tiran más dos tetas que un carro.

Me imagino que el interés del joven pudo ser conversar con un “gringo” en inglés. A pesar de que es habitual ver turistas extranjeros en Quito tampoco es que abunden y, a la vista estaba en La Mariscal, ambos géneros solían contar con compañía ecuatoriana.

¿Qué haces esta noche extranjero? Vente a Quito a conocer peña. Serás bienvenido.

¿Ideas? > consulta http://bizarreandoporquito.wordpress.com/

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