En ruta al Bosque Petrificado Puyango [280113] (1/2)


Faltan 10 minutos para las 07:45 mientra me dirijo a la terminal terrestre de autocares de la cooperativa de transportes “Loja” en Huaquillas. Sin desayunar ni haber cenado el día anterior, excepto una bebida isotónica del pequeño frigorífico de mi habitación, en el hotel L’Moned, tengo nulos ánimos para hablar más que lo imprescindible.

En el camino resuelvo una duda con dos motoristas policiales. En 2007 estuve a punto de quedarme en Ecuador porque mi pasaporte tenía sellada la salida del país por Huaquillas, pero algún funcionario no selló la entrada de nuevo en el país cuando regresé a Guayaquil.

En 2007 el control fronterizo estaba a unos cuantos kilómetros o 20 minutos de distancia, del pueblo de Huaquillas. En 2013 no había tal, y nadie me pidió el pasaporte. Por supuesto puedes pasar el puente internacional y estás en Aguas Verdes, Perú. Nadie pide nada, pero te hará falta sellarlo si deseas continuar viaje por el sur americano.

Los policías me dijeron que no hay problema por no sellar la salida de Ecuador: técnicamente seguía en el país. No me queda claro, pero espero no tener el mismo problema cuando me marche en avión.

02 - Torreta del reloj Mirador cívico (parque central) y Mercado central municipal - (Huaquillas, Ecuador 2013) 03 - Coliseo municipal de deportes Huaquillas (Ecuador, enero 2013)

En la terminal no me querían vender el billete, que subiera y pagara durante el trayecto. Me niego de plano, prefiero tener una factura del viaje y el número del asiento. Al final me lo vende la señora con desgana. El resto de clientes ha subido al autocar sin pagar, tal como iban diciendo; cuando me coloqué en el asiento más delantero yo era el penúltimo: faltaban dos minutos para las 07:45.

Cada cooperativa, como comprobaré, es un mundo: unas tienen oficina y venden boletos [billetes/tiquets], otras no; lo usual es dar con una voz gritando el destino, nombre de la cooperativa, número de autocar, andén y hora de salida, de este modo captan clientes pero no queda nada registrado aunque te den el billete después. En unos casos te sientas donde te da la gana aunque tengas el asiento numerado; en otros sí se cumple el número asignado en el tiquet. Si es que hay porque el chiste está en que, luego, te lo recoge el ayudante del conductor y te quedas sin factura de ningún tipo. Si hay un accidente tu aseguradora no te creerá que viajabas en ese autocar al carecer de comprobante; en cuanto al estado ecuatoriano una manera más de engañarlo no declarando ingresos reales.

03 - Coliseo municipal deportes - cartel La revolución deportiva (Huaquillas, Ecuador, enero 2013)

A las 07:45 sube una anciana indígena aunque más por la vestimenta que por su rostro. Sus largas trenzas canosas se juntan al nivel de la cintura; viste una falda tradicional de colores verduzcos opacos, un típico sombrero pequeño de copa hemisférica y un bonito suéter lila abotonado. Se sienta a mi vera.

– Abuela. Póngase detrás. Estará mejor – le dijo el nieto que la ayudó a sentarse.

– No. Estoy bien aquí – dijo con reaños.

Yo llevaba puestas mi gafas de sol, iba adormilado y no me apetecía hablar con nadie. Desde luego, tampoco pensaba iniciar ninguna conversación. Digamos que adopté la figura del gringo: ser un sordomudo.

A los pocos minutos me despierta el conductor del autocar “Loja”. Insiste con amabilidad y una sonrisa en que la veterana cambie de asiento ayudado por algún pasajero que ofrece el suyo.

– Señora, detrás estará más cómoda – le dicen.

– ¡No! – pronunció, molesta, con tanta rotundidad, que a todo el mundo le quedó claro que su opinión sería inamovible.

El autocar dejaba atrás la torre del mirador cívico y el mercado central municipal, luego tomó la ruta E50 norte para salir de Huaquillas.

04 - Bar -restaurante a las afueras de Huaquillas (Ecuador enero 2013) 05 - Cartel del IESS ecuatoriano en Huaquillas (Ecuador enero 2013)

Yo pensaba que tenían razón por otros motivos, un brusco frenazo y esta anciana sale disparada hacia adelante cayendo por el hueco de las escalerillas, pero no tenía intención alguna de abrir la boca. Me había colocado delante del todo pensando, precisamente, que nadie se sentaría en el peligroso asiento de al lado; un modo de asegurarme que no se produciría ninguna conversación fortuita durante el viaje al Bosque Petrificado de Puyango. Mira por donde una mujer de edad venerable, nada débil, se fue a sentar justo ahí cuando habían asientos vacios de sobras manteniéndose, encima, en sus trece. Bueno, ella sabrá, pensé.

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