El Colonial [250113] (1/2)


Finiquitados la birra y el cigarrillo entré adentro y pregunté si se podía subir arriba. Uno de los camareros se ofreció a guiarme pero antes inquirí por el cambio de la factura de la cerveza y quién me sirvió había desaparecido. Me dijeron que es el dueño el responsable de la caja registradora; ¿quién me atendió entonces?. “El dueño”.

Mal empezamos. Una cosa es que un vendedor informal se revuele 1$ a tu costa puesto que careces del conocimiento de los precios de los productos y el tipo no se va a hacer rico, pero si el propietario de un bar como El Colonial se comporta de un modo tan cutre sisando medio dólar de un modo tan descarado, es que la situación económica del local no es buena o la mentalidad es rastrera y, desde luego, la mejor manera de perder clientela. Si los bares y discotecas de la zona son iguales no merece la pena venir a tomar un trago por este sector tan cercano a una multitud de hostales y hoteles del centro de Guayaquil.

Supongo que la imagen del gringo debe ser la de cojudo y huevón al que no le importa un dólar. Tienen razón: un dólar no le importa, pero la confianza, la igualdad de trato y la actitud de respeto sí. En este sentido me iba a encontrar en todo el viaje con esta característica por parte de restauradores, taxistas y badulaques familiares. De nuevo los viajeros cosmopolitas me recuerdan cual es la visión que se tiene en países turísticos, en vías de desarrollo, del turista: extranjero con el signo del dólar o el euro marcado en la frente cuyos bolsillos hay que vaciar.

28 - Monigote del Bar-Restaurant El Colonial @ Guayaquil

Voy a hablar bien de El Colonial gracias a sus camareros, los cuales tuvieron una atención de primera, y siempre educados, no sólo conmigo sino con los clientes guayaquileños que empezaban a venir al local, detalle que no me pasó por alto. Iban de punta en blanco vestidos con la tradicional guayabera, en contraste con mi camiseta deportiva de tirantes y un pantalón bermudas. Desentonaba, pero fue una casualidad que no esperaba y como apenas había nadie en la hora que anochecía me despreocupé. A las nueve ya sería distinto y mejor ir presentable.

Hay que reconocer que el local es atractivo y se merece una visita a pesar de la mezquindad de su propietario.

En el piso superior hay una pequeña pista de baile, taburetes y pantallas enrollables para proyectores. Antes de salir a la terraza elegí un cóctel llamado cucaracha.

En el amplio balcón, para una cuarentena de personas, se estaba ideal; cuando me sirvieron el cóctel me indicaron cómo debía tomarlo. La versión más habitual contiene una parte de licor de café y dos de tequila o mitad y mitad, luego se flamea (quemar la película del líquido alcohólico y dejar hasta que aparezca una llama azul), se mete una pajita o sorbete como se dice en Ecuador, y te lo bebes de un trago. Epa, esto último me causó respeto.

Dejé que la llama ardiese, introduje la pajita y bebí tres sorbos. No cabe duda que el golpe de la mezcla se siente, pero tenía el ánimo tranquilo al igual que el crepúsculo. Apagué la llama con un soplido y, sin querer, la copita se cayó. El vaso era de una capacidad equivalente a dos chupitos en España y un pelín más. Esta bebida es recomendable tomarla con el estómago lleno y no más de dos. Beberla de golpe debe dar un buen pelotazo, no digamos si ya tienes un par de birras pilsener entre pecho y espalda.

Me fui a pedir otra cucaracha y me dijeron, con ciertas dudas, que serían otros 7$. Sí, claro. Se me ha caído y apenas he probado el cóctel. Percibí una sensación de miedo, pero se tranquilizaron cuando dije que pagaría las dos bebidas. Extraña situación.

29 - Terraza del bar-restaurant El Colonial @ Guayaquil (Zona Rosa)

Estaba solo en la terraza fotografiando un poco y escribiendo unas pocas notas en la pequeña libreta escolar que compré. Un camarero cincuentón y delgado iba y venía colocando las mesas y las sillas, comprobando otra pantalla de proyector y las luces de colores.

Al poco rato se acercó el gerente de El Colonial, al menos así me lo presentaron. Un hombre barrigudo vestido con una camiseta sin mangas, de imágenes descoloridas, por cuya línea de flotación asomaban lorzas que tapaban la línea de la cintura del pantalón chándal; terminaba su vestimenta con unas sandalias de tira cruzada que no cuadraban con el garito. Hay sandalias y alpargatas más elegantes para tener los pies frescos y acudir a El Colonial.

¿Este era el gerente?, pregunté con los ojos a los camareros y la respuesta, silenciosa también, fue afirmativa.

Hasta yo iba más arreglado que él con mi atuendo, pero ¿de dónde ha salido?. El man se presentó aunque no recuerdo su nombre, pero sí que dijo que era chileno afincado en el país desde hacía casi tres décadas. Decía que Ecuador no había cambiado nada. No era necesario que lo afirmase; por lo que estaba viendo su persona tampoco. La mitad de su cráneo retenía cabello lacio peinado con el típico estilo ochentero de telenovela: ralla en medio y echado hacia atrás. Su bigote le daba el mismo aspecto. Igual en su juventud fue moderno; ahora conservaba aquellos época en sí mismo.

Si el aspecto de aquel personaje ya era penoso, su mentalidad había quedado fijada en formol exacerbando una imagen de pacotilla. No me explicaba cómo llegó a gerente de aquel bar de linda decoración, pero viendo el precedente del dueño tampoco lo hallé fuera de lugar.

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