La señora Aurora [230113] (1/2)


En casa de Adri las tres chicas, Valeria, Boli y Adri, esperaban a Raúl en el comedor mientras estaba cambiándose en la planta superior. Justo a tiempo llegué. Nos fuimos en el 4×4 de Raúl a merendar [cenar] a casa de sus padres un plato que su madre suele preparar para vender.

No recuerdo el sector de la ciudad adonde nos desplazamos: podría ser Los Vergeles (en el límite norte de Guayaquil), Los Guayacanes o Los Samanes.

Precisamente íbamos a quedar cerca del conjunto urbanístico ajardinado más grande de Latinoamérica, el parque Samanes (inaugurada la primera fase de cinco a principios de 2013); en su extensión cubrirá, incluso, el cercano “Bosque protector Cerro Colorado”, pero como era de noche no pude apreciar ni bosque ni parque. El sector Vergeles queda al norte del susodicho recinto natural; los otros dos sectores al sur.Ubicación parque Samanes en Guayaquil (sectores Los Vergeles, los Samanes y los Guayacanes)

Parque Samanes (Guayaquil 2014)Nada más llegar fuimos invitados a entrar en la casa; seguía lloviendo y era imprevisible si arreciaría la lluvia y, por ende, el tamaño de las gotas. Guayaquil sufre aguaceros en este período del año, sobre todo en enero y febrero y, como no hay infraestructuras capaces de desaguar la lluvia caída al río Guayas, se producen inundaciones en las calles y en distritos enteros. Es un mal crónico de la urbe que ninguna administración pública ha resuelto.

Por la zona barrial observé que las calles tenían la anchura de un coche permitiendo sólo el tráfico pedestre.

Ya en el hogar al primero que saludé fue, por supuesto, a Fernando, el hermano de Raúl al que vi en Playas y ya conocía de mi primer viaje del 2007. Por los dioses antiguos que tendría que mirar de adelgazar. Caray.

La casa tendría un tamaño medio típico en Guayaquil de unos 10 metros de largo por unos 4 de ancho, pero, al contrario que la de Juana u otras que he visto por su barrio, era de una sola planta; no todas las habitaciones tenían pared, una cortina bastaba para separar el comedor de la habitación donde Fernando y sus sobrinos jugaban a la PlayStation delante de un gran televisor de tubo desde dos camas juntas que servían, en ese momento, de diván aireadas por un par de ventiladores que removían el agobiante calor nocturno.

Esta edificación representaba un oxímoron nada insólito en las viviendas guayaquileñas. Mientras que la casa debió construirse a finales de los setenta, principios de los ochenta, con una sencillez arquitectónica sin paredes maestras ni traviesas (excepto los tabiques de cocina y el cuarto de baño), sus inquilinos disfrutaban de algunas de las comodidades más ociosas de cualquier clase media europea; sin embargo, dudo que a la mayoría de los europeos les gustase vivir en esas condiciones por su falta de intimidad y la nula arquitectura interna. La casa, además, había empequeñecido al constituirse también en residencia del hermano mayor y su propia familia. En total, siete personas.

Me presentaron al resto de la familia, el hermano mayor y sus hijos (no recuerdo si estaba su mujer), el padre y, por último, la señora Aurora.

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