El cafetín de los prejuicios (7)


Vas a defender a Correa. No hay más que hablar. – dijo Santi, arrellanándose en su silla para encender un cigarrillo.

– Pero bien que le atacas.

– Los suplentes, hermano, los coimó.

– ¿Puedes demostrarlo? Con documentos, citar fuentes comprobables…

– Tenía un familiar en la Asamblea que me informaba.

Santi se refería a un episodio político de transcendencia en Ecuador: Correa llegó a la presidencia, en enero de 2007, con un objetivo: convocar un referéndum para aprobar una Asamblea Constituyente que elaborase una nueva Carta Magna y, de paso, echar a la partidocracia, un grupo de partidos tradicionales que se repartían el pastel en el Congreso. Durante los primeros meses de ese año se entabló una lucha, a cara de perro, entre la partidocracia, que mandaba en el Congreso, y el ejecutivo, comandado por Rafael Correa, para convocar ese referéndum. Si del Parlamento dependiera jamás hubiera habido Asamblea Constituyente. Mediante la intervención del Tribunal Supremo Electoral se aprobó una fecha para el referéndum. La oposición legislativa, con mayoría absoluta en el congreso, impugnó la decisión del TSE ante el Tribunal Constitucional (TC); entonces el TSE destituyó a una cincuentena de congresistas, pero había un obstáculo importante. Sin quórum en el parlamento no se podía cesar, en sus funciones, al TC, en cuya composición era mayoritaria la partidocracia, previéndose una resolución que reintegrase en sus cargos a los diputados cesados por un año. Era obligatorio buscar unos suplentes que, por ley, sólo podían proceder de los mismos partidos políticos que los destituidos. ¿Se comprende por donde iban los tiros de Santi? Léase el capítulo “La jugada maestra: conoce al enemigo“.

El gobierno negoció con los suplentes un acuerdo por el que les otorgaba el estatus de diputados y, sorpresivamente, para la partidocracia y los medios de comunicación, una minoria de 21 alternos aceptó pudiéndose formar quórum en el Congreso. ¿Cómo pudo ocurrir esto? Los politólogos adujeron los sueldos que ganarían como congresistas, bastante superiores a las ganancias mensuales en sus trabajos, de 600$ a unos 3.800$ de media. Ese fue el factor decisivo y no la coima [soborno] que Santi presuponía. A estos suplentes no los conocía nadie en sus partidos.

Como no me convencían sus argumentos le resumí los hechos descritos arriba. Santi permanecía callado. En ese entonces volvieron a sus asientos toda la tropa que se ausentó media hora antes. Sixto, el que fuera “diputado” con Osvaldo Hurtado, y ahora constructor como Hugo Andrés, fue el primero en hablar.

– Escucha. Escúchame – dijo serio dirigiéndose a mí. – Correa hizo mandar destituir a los diputados que se oponían a la convocatoria de las elecciones de una Asamblea Constituyente.

– Perdona, pero el presidente del TSE declaró que, durante un proceso electoral, la Constitución facultaba al TSE para ejercer la máxima autoridad. Por eso pudo destituir a los diputados que impugnaron el texto ejecutivo que convocaba a las elecciones de una Constituyente.

– Pagado por Correa – señaló Sixto.

– ¿Se puede demostrar?

Este es el otro hecho fundamental de aquel convulso período: sin el voto favorable del presidente del TSE había un empate técnico en el alto tribunal para aprobar la convocatoria electoral del ejecutivo. Yo esperaba que ellos pudieran aclararme el por qué de esa decisión, pero Sixto y algunos otros sospechaban la mano oculta del gobierno en el TSE, el cual, bien es cierto, había amenazado al TSE con regular un tribunal ad hoc que se aviniese a sus designios. Pensé que tendrían más información que yo al vivir en el país. Yo sólo había leído libros y prensa, pero resultaba que tampoco conocían la verdad y acusaban al presidente Correa de todo un tejemaneje antidemocrático.

– Claaaaro, claaaaro. – respondió Felipe, a mi izquierda, que tenía una pose de dandy que realzaba su elegante ropa-. Mucho denunciar y poco probar.

Jopé. Era la primera vez que alguien de la peña sostenía una opinión distinta a la de la mayoría. Santi contraatacó con su habitual parafernalia anticorreísta, pero, esta vez, reaccionó Séneca. Reconocía los méritos del gobierno que conllevaban una estabilidad política como no se veía desde hacía lustros. Tampoco es que fuera un entusiasta pero valoraba los progresos habidos en Ecuador. Era de justicia reconocerlo.

Animado por estos inesperados apoyos que renconfortaban, todo hay que decirlo, y sugerían que tampoco, en las personas adineradas, todo el mundo piensa igual, expuse uno de esos progresos, a mi juicio, de los más importantes: la renovación del sistema judicial, en un trabajo de casi un año, asesorados por una veeduría internacional encabezada por Baltasar Garzón.

– ¿Baltasar Garzón? – interrumpió Santi -. ¡Otro maricón!

– Ja, ja, ja, ja. Qué gruñón – dije.

De nada sirvió que Felipe, Séneca y yo razonáramos las ventajas de una judicatura independiente del poder legislativo y ejecutivo. Todo lo contrario de lo que existía antes: un poder dependiente del ejecutivo.

Cambiando de tercio les pregunté por qué tanta inquina a un gobierno que no había hecho sino beneficiarles con las innumerables construcciones de carreteras, puentes, escuelas, hospitales, unidades modernas de policía, centrales hidroeléctricas, etc. Incidí en un hecho que parecían pasar por alto. Las mejoras en infraestructuras en Ecuador atraerían las miradas de inversores extranjeros. En cuanto la central hidroeléctrica de Coca Codo Sinclair entre en funcionamiento no volverán a haber cortes de luz. La corriente eléctrica funcionará sin interrupciones; un tema vital para la industria de todo tipo. En ese momento los empresarios ecuatorianos tendrán que competir con una economía global en su propio país; y estos competidores son pragmáticos, no entienden de ideologías . Ante esta tesitura tanto Hugo Andrés como Sixto se mostraron conciliadores.

– Todo eso está muy bien, pero se queda en conversación de cafetín – dijo Sixto.

Bueno, un avance. Ahora me proponía averiguar qué medios tenían para comunicar al gobierno sus inquietudes. Hasta donde sabía los empresarios mediaban a través de la Cámara de Comercio, una todopoderosa entidad.

Justo, en ese momento, suena mi móvil. Extrañado veo el número de Adri y recuerdo que había quedado con ella y Raúl. Exactamente a la hora que había acordado con ellos llamaban. Era de noche, las siete y media. Ni me había dado cuenta, entre la conversación y el ruido del tráfico de la cercana y concurrida avenida Francisco de Orellana.

Antes de despedirme me preguntaron por mi paquete de tabaco de liar. Les dije lo que era porque, en Ecuador, se asocia con personas que fuman marihuana. Les respondí que solía fumar de esa planta si tenía; si no ningún problema, pero en Ecuador sólo llevaba tabaco; sé que está penado el consumo (aunque ignoro cómo está tipificado y la duración de la condena). Le pregunté a Hugo Andrés dónde podría conseguir este tipo de tabaco y mencionó que, precisamente, en el centro comercial San Marino había una tienda especializada llamada Tabaco & Pipa. Me la recomendó. En la vez anterior sólo vendían en un estanco, ubicado en el centro comercial Mall del Sol, y era un repugnante tabaco perfumado de vainilla importado de los EE.UU.

Me despedí con nulas ganas de irme y deseando poder encontrármelos a mi vuelta de este segundo viaje a Ecuador pero sin expresarlo públicamente; no quería comprometerme y tampoco estaba seguro de si ellos podrían. Que fuese el azar como hoy.

Ojalá Santi no hubiera estado tan agobiante con su discurso anticorreísta; con otro talante habría aprovechado la sabiduría de todos ellos.

A Séneca le dije el nombre de mi blog y le comenté que lo leyera con distanciamiento. Nada más. Me supo mal irme en esas circunstancias; me habría quedado a cenar con ellos pero tenía un compromiso ineludible. Un saludo a todos ellos. Sin excepciones.

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