El cafetín de los prejuicios (5)


No era fácil dialogar, toda vez que todos queríamos tener razón. Voy a inventarme los nombres de los participantes, desafortunadamente entramos al trapo enseguida y, luego, no supe preguntarles.

A mi derecha estuvo todo el tiempo Santi, con una piel tan blanca que no le debía dar el sol ni en pintura, no llevaba ningún sombrero que protegiera la mitad de su cabeza; la otra mitad estaba medio cubierta por cabellos grises y blancos repeinados al estilo años 30 con las puntas peraltadas (en España es el típico peinado de la derecha rancia, el ejemplo más claro es el empresario corrupto Francisco Correa). Sé que este es su verdadero nombre porque los demás no se cansaron de repetirlo, reclamando su atención para que aminorase sus declaraciones o para permitir que otros hablasen: con él tienes garantizado el jaleo.

A mi izquierda estuvo Felipe (inventado); conservaba unos cabellos hasta el cuello, estilo peinado setentero, quizá también el más joven, vestía moderno y elegante con colores pastel, lo que se dice casual, informal o deportivo; a su lado se situaba Séneca (inventado), uno de los “doctores”, comedido en sus comentarios y apaciguador, sus gafas pequeñas reflectaban la imagen de un profesor acostumbrado a escuchar, sus arrugas hablaban de horas y horas de paciencia, quizás fuera juez; sobrio en el vestir y colores pastel en la camisa mientras los pantalones eran beige o neutros pero no grises, una indumentaria similar al resto del grupo; frente a mí, se hallaba Hugo Andrés (inventado), el señor de los puros, de constitución obesa si bien su altura equilibraba el conjunto, llevaba gafas ochenteras estilo Bill Gates; era constructor, ora jovial ora protestón dependiendo de la temperatura del conversatorio. Al costado tenía a Sixto (inventado), sin una brizna de pelo la calva le brillaba reluciente, era uno de “los diputados” y tenía un aire al ex-presidente Sixto Durán Ballén (1992-1996). Circunspecto todo el tiempo, con una actitud típica de un lobo de mar que está de vuelta de todo. Más alejados estaban los demás del que sólo recuerdo a Milton (inventado), compitiendo en proporciones físicas con Hugo Andrés y que no quería saber nada de la jarana que se estaba armando. Lo cierto es que estábamos llamando la atención en la terraza y no llevábamos ni un cuarto de hora. Cuando le pedí su opinión su respuesta se redujo al lenguaje gestual: me miró, abrió la boca como para hablar, señaló a Santi con un leve giro lateral de cabeza; sonrió un poco, levantó la mano izquierda empujando varias veces el aire con sus dedos y continuó entreteniéndose con su juego de cartas. ¡Será posible! Intuía que no concordaba con las ideas de Santi y me apenaba no escuchar qué pensaba. Intenté convencerlo pero no hubo manera. Luego fui entendiendo por qué.

Sintetizando: son amigos de muchos años; se conocen todos y algunos pasan de discutir sobre ciertos temas. Punto. Una realidad humana que se repite en otros lares.

Yo quería que hablasen ellos a raíz de mis preguntas y que dijeran los pros y los contras del gobierno correísta en estos últimos cinco años. Santi se erigió, ipso facto, en campeón mundial del follón; terciaba siempre, interrumpía a menudo cuando hablaba otro y su vozarrón se oía hasta en el interior del centro comercial. Algunos se iban al interior a pedir un café, una excusa para ausentarse del debate. Pero ¿qué debate si era más bien un combate? Santi apagaba las llamas de cualquier diálogo razonado.

– Correa es un maricón. – dijo Santi-. Sus ministros y el Mera lo tienen por su mujer. [Alexis Mera, secretario jurídico de la Presidencia, se le conoce por ser el alma mater del presidente y las leyes polémicas del gobierno]

– Yo quiero conocer hechos, no prejuicios – dije. – Además, no hay ninguna información en lo que decís. ¿Podemos detallar qué tenéis en contra de los gobiernos de Rafael Correa? Si razonáis y argumentáis podré comprender; de otro modo es fútil lo que estamos hablando. Centrémonos, señores.

La concurrencia se estaba disgregando en pequeños grupos y yo temía que sólo participaran unos pocos.

– ¿Qué pensáis de un gobierno con mayoría absoluta en el Ecuador?

La madre que los parió. Poco menos que se derivaba de ello la esclavitud, un régimen dictatorial. Cuando les contesté que en España o en el Reino Unido también hay mayorías absolutas evadieron el argumento con una contestación que había escuchado: “En Europa es diferente”.

– ¡¿Cómo?! Pero, pero,… Con estos pensamientos nunca evolucionará Ecuador.

Fue un error criticar esta idea; se lanzaron a minusvalorar el intelecto del ecuatoriano medio. No sabían elegir lo que les convenía; carecían de conocimientos para escoger, no tenían cultura, no eran personas con las que razonar, etc., etc., etc. En este punto fui inflexible y defendí la educación a muerte como la única salida posible para ser igual que Europa. En aras de la libertad de expresión no les reproché, a algunos, su visión racista de la sociedad ecuatoriana. Preferí explicar la metáfora del montañero: para escalar una montaña gigantesca necesito que los demás estén a mi altura, sólo entonces podré seguir escalando. Por supuesto, puedo avanzar en solitario, pero me costará más tiempo y las posibilidades de hacer cumbre tienden a cero. “Hasta que los otros no alcancen mi altura, no podré avanzar. Ídem de ídem en una sociedad”.

A partir de ese momento la discusión subió de tono, yo abogando por la existencia de un Ecuador distinto, capaz de ser igual que cualquier país europeo; algunos, no todos, observaban que no podía producirse ningún cambio de mentalidad en el ciudadano medio: “Esto es Ecuador”. Una sociedad donde cada uno ocupa el lugar que le pertenece, donde nadie quiere cambiar. ¿? Las posiciones se enroscaron y yo no veía la manera de conversar de lo que me interesaba: ¿qué fallos consideran que tiene el gobierno ecuatoriano? ¿qué se puede mejorar?.

Perdí demasiado tiempo defendiendo una causa perdida en la que me desgañité luchando contra una lógica quasi feudal. Este pensamiento no me era ajeno. Una vez, fui invitado a una comida campestre fuera de Barcelona. Al regresar a la ciudad nos dividimos para ir en varios coches; me tocó ir, con dos amigos, en el coche de alguien que no conocía; lo único que me dijeron es que era alguien votante de derechas. Tras un buen rato de charla en franca cordialidad llegamos a un pueblo próximo a Barcelona. En el trayecto el conductor se desvió por una calle para mostrarnos una bonita urbanización, compuesta de chalets de doble piso ajardinados con unas decoraciones arquitectónicas preciosas y cada uno distinto realzando el paisaje; estaba claro que pertenecían a gente adinerada. Nos dijo, a continuación, que así era pero afeaban el conjunto centenas de casas construidas por clase media y obrera, con sus propias manos o diseños, que restaban belleza al conjunto al haber construido sin respetar una tácitas normas. Es decir, rebajaban el valor monetario de la zona. La idea subyacente es que la igualdad produce una reducción del valor intrínseco de las cosas y las personas; algo de difícil asunción para alguien con un poder adquisitivo alto, y no sólo ellos, la clase media aspira a unos ideales análogos. Es el pensamiento conservador.

Me fui a pedir otro café americano; al igual que el resto de la peña, yo también necesitaba un descanso. Cuando regresé, lo más lento que pude, vi a Santi solo. Joder, debería tener la tensión arterial por las nubes de tanto discutir; allí estaba, sentado y fumando un cigarrillo, fresco como una rosa, como pez en el agua. Presto para el combate. Mi ánimo guerrero estaba flaqueando. Yo había esperado una charla provechosa y apacible; en cambio, me hallaba en medio de una batalla de la primera guerra mundial. Atrapado entre trincheras. Encima me había quedado a solas con el follonero. Toma ya.

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