El cafetín de los prejuicios (2)


Ante la entrada al parque de La Victoria recuerdo que necesitaré un champú para el viaje y consultar libros; por otro lado, la dirección del consultorio queda cerca de los centros comerciales Policentro y San Marino en una zona llamada Ciudadela Nueva Kennedy.

Nada más arrimarme al extremo de la acera los taxis pitan o hacen una ráfaga corta de luces, también los que no son amarillos pero estos los descarto por seguridad. En todo caso no existe un indicativo visual para saber si un taxi está libre u ocupado.

Durante el trayecto el taxista, un señor con sus buenos años encima, responde sin tanta aprehensión como los jubilados con los que charlé. Me comenta que pertenece a una cooperativa de taxis formada por unos 500 vehículos aunque los asociados no cobran el día que no trabajan ni tampoco disponen de un seguro de cobertura que supla ese día de enfermedad. Por como habla de las obras hechas por los gobiernos de Correa parece simpatizante. Subraya una medida en concreto, el plan Renova, una ayuda económica para cambiar de carro y tener un taxi nuevo con climatizador, radio, elevalunas automáticos, gps, etc. Pero, sobre todo, el aire acondicionado; los clientes lo valoran mucho a la hora de elegir uno.

Me pregunto qué pasará con los viejos seat 124. Podrían remozarlos y convertirlos en un signo de distinción de Guayaquil como Londres tiene sus peculiares taxis.

El taxista, a continuación destaca que este plan adolece de un punto débil: es obligatorio el uso de taxímetro; sin embargo, muchos taxistas no pueden acogerse por la desconfianza del ciudadano medio hacia dichos artilugios. La gente prefiere establecer un precio negociado de antemano; y los dirigentes de las cooperativas no facilitan asesoramiento adecuado. De todos modos, destaca esta subvención de enorme ayuda para renovar la antigua flota de taxis de la ciudad.

El taxista critica la corrupción que todavía existe, sin duda achacable al cambio de chaqueta, el “camisetazo” de muchos apuntados a un gobierno donde pueden enriquecerse.

Me deja frente al Policentro, el primer centro comercial de Guayaquil moderno tal como se conocen en Europa, inaugurado en 1979 por el mismísimo presidente Jaime Roldós. Una vuelta por sus galerías no me sirve para encontrar el champú por lo que me dirijo al San Marino (creado en 2003).

19 - San Marino shopping

Allí tampoco encuentro un gel corporal tal como entendemos en Europa, en forma de envase o frasco con tapón. Todos tienen un pulsador o se venden en formato de pastilla, inadecuados para un viaje.

Contemplando los escaparates descubro la librería Librimundi: no está nada mal, pero se ha especializado en viajes y turismo por lo que no doy con un libro ilustrado para regalar a Valeria, un modo de agradecer mi estancia en casa de Adri, su mami.

Se va acercando la hora de la cita con el doctor Jaime Uquillas; en un pasillo pegado a la salida del centro comercial veo el restaurante El Español y me quedo a comer allí; disponen de wi-fi gratuito para sus clientes. Menú: ensalada ejecutiva (3,6$); sánduche [sandwitch] mediterráneo (4,10$); cerveza Club Premium, la verde (1,56$) y un café americano. Total son 10,25$. No es barato pero es que la zona es pelucona y clase media con dinero.

Con el tiempo justo decido coger un taxi en vez de ir andando; había memorizado el recorrido por internet pero no veía la manera de llegar en cinco minutos. Incluso el taxista tuvo dificultades para hallar la dirección de la consulta: Mediservicios (Consultorios médicos), calle C # 503 y Novena Este.

Con diez minutos de retraso llamo al timbre y me abre un joven que dice ser su hijo si no recuerdo mal. Al entrar observo un amplio comedor en penumbra donde unas señoras están planchando o trabajando con unas telas: parecía la típica fábrica china camuflada de tejer ropa que conocemos en España. Imagino que el achicharrante sol es el que provocaba que las persianas estuviesen bajadas casi del todo pero el calor era sofocante; tenían varios ventiladores por toda la casa. Me acompañaron a un piso superior; una vez en el despacho me pidieron que esperara. No sé me ocurrió pensar que iba a estar casi una hora. Menos mal que compré El Telégrafo; aún así me lo leí entero incluso las noticias deportivas. ¿Qué le costaba haberme dicho a las cuatro en vez de a las tres? Fue un buen rato horroroso con las ventanas cerradas y sin climatizador; a pesar de que la habitación era más fresca que la sauna del piso inferior.

Cuando vino se disculpó pero a mí ya sólo me quedaban ganas de escapar cuanto antes a tomarme un café porque el anterior, por las prisas, tuve que decir en El Español que no me daba tiempo a tomarlo. Sin embargo, gran acierto por parte de ellos, la señora que me atendió, me dijo que con el ticket podía venir luego y pedirlo. En eso pensaba cuando, finalmente, pude salir de aquella oficina impersonal propia de un médico.

A veces sucede que un cortocircuito, en una línea temporal prevista, nos lleva a espacios inesperados. Si el doctor hubiera sido puntual en venir a su consulta yo no habría conocido a la peña del cafetín. Habría tomado mi café a las tres y media, y no cerca de las cinco, y me habría ido sin conocerlos. Una de las cuestiones que me preocupaba, en este viaje, era no tener la opinión de personas adineradas respecto a los gobiernos de Rafael Correa. Sabía que si no era en Guayaquil no sería en ningún otro lugar. Gracias a la impuntualidad del galeno iba a tener la oportunidad de establecer contacto de un modo que jamás hubiera previsto. En ocasiones una estrella nos concede un deseo; aunque ateniéndonos a los hechos transcurridos me pregunto si no fue más bien un genio vacilón.

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