¿Es ud. macho o gringo? (10): la clínica Kennedy


Clínica Kennedy PolicentroVista de la entrada a la clínica Kennedy Policentro (norte de Guayaquil)

A las tres de la tarde llegamos a la clínica privada Kennedy, La Kennedy como es conocida popularmente. Inaugurada en 1978 se halla entre dos grandes centros comerciales. Este consorcio hospitalario tiene otros dos complejos más situados construidos en 1999 y 2006. Conviene tener en cuenta que es un centro privado; eso significa que no te atenderán si no tienes dinero en metálico, tarjeta de crédito aceptada o seguro de viajes que cubra los gastos previo contacto. Aunque estés grave te puedes morir por inasistencia del hospital privado igual que sucede en España.

En Ecuador las leyes actuales obligan a los centros médicos privados a auxiliar de emergencia a cualquier persona con una dolencia grave, pero, al igual que sucede en España, se hacen los longuis y la asistencia es quasi nula y, desde luego, nunca hospitalaria. La sede de La Kennedy en Samborondón, situada en las urbanizaciones lujosas de La Puntilla, fue clausurada dos meses en mayo de 2013, por desatender a una persona herida en un secuestro exprés que, luego, murió.

Las clínicas privadas ecuatorianas siguen idéntico proceder aberrante que las españolas en cuestiones de urgencia médica por proximidad, pero mientras las leyes españolas lo permiten las ecuatorianas lo penalizan. Es la diferencia.

Tras hablar con una enfermera jefe, y mostrarle el documento firmado por el doctor, nos derivaron a la sala de espera donde cuatro personas veían la tele o hablaban por teléfono. No tardé mucho en ser atendido; entre tanto las noticias de Teleamazonas entretenían la espera. Le pregunté a Adri cuánto costaba una visita en la Kennedy: dependiendo de la causa, de 60 a 100$ la visita excluyendo gastos clínicos (análisis, laboratorio, radiografía, etc.) a menos que tengas un seguro privado médico que incluya ambos costos o los reduzca considerablemente.

Entonces sonaron por los altavoces mi nombre y apellidos; entro tras unas enormes puertas y me dirigen a la clásica habitación con máquina de rayos X, una Philips por la que los años no pasaban en balde. Todo estaba preparado. Quienes no lo estaban eran los ayudantes enfermeros. Justo cuando van a empezar la sesión me preguntan el nombre. Pensaba que ya tendrían mis datos, pero respondo alto y claro, aún así tengo que repetirlo. Noto como los tres, metidos en la cabina de control, se ríen y actúan como monguers pero ignoro el por qué.

A la salida me entregan un sobre con la radiografía en el interior; vamos a la ventanilla de administración de la Kennedy para entregar el papel del doctor y que le facturen la sesión de rayos X. Comprueban que todo está okay. En Ecuador también hay convenios con la medicina privada para atender pacientes del IESS (Instituto Ecuatoriano de la Seguridad Social) o de la Sanidad pública y evitar las largas esperas. Sin embargo, se producen quejas de los usuarios, procedentes de la sanidad pública, acerca del trato recibido por la asistencia prestada, distinto a los que son clientes.

Mientras estábamos en recepción tramitando la factura de la radiografía (35$), la administrativa le pide confirmar los datos personales del paciente. Adri, extrañada por lo que oía, se fija en el sobre de la radiografía y, sonriendo, me dice que han cambiado mi nombre. Ante mi sorpresa me lo enseña: “Edwin”. Ahora entiendo el choteo que se llevaban aquellos tres palurdos. Todo está relacionado, en parte, con el aspecto físico que aparento, es decir, soy un gringo. Aunque hable un español nativo mi pronunciación y léxico es forastero para la mayoría; no consiguen ubicar mi procedencia geográfica como sí hacen con colombianos, peruanos, chilenos, argentinos, etc. que son asiduos visitantes del país, y me sitúan, directamente, en América del norte. O sea: gringo.

A lo largo del viaje será un hándicap imposible de quitarme de encima salvo rara excepción pero, en aquel momento, todavía no era del todo consciente. No sirve de nada decir que vienes de Europa, que no tienes nada que ver con la historia reciente del país como sí la tienen los estadounidenses y su influencia en el Ecuador en el siglo XX. Es igual, la imagen es la misma, asociada a una historia cultural transmitida por herencia oral. Falta cultura educativa y turismo internacional para cambiar el concepto y despojarlo de sus connotaciones actuales.

No será sino hasta llegar a Zapotillo, con 11 días en el país, cuando, convencido por una lección, impartida en una charla con un grupillo de niños, asuma la condición de gringo.

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