¿Es ud. macho o gringo? (9): el galeno


hilton-colon-guayaquil-hotel-vestíbuloVestíbulo del hotel Hilton Colón donde esperamos la visita de la enfermera.

Ante todo, el doctor trataba de inspirar calma por los cuatro costados. Sus palabras contenían todo el aire de la naturaleza tranquila, puro calmante homeopático verbal; no existía el hic et nunc, ni, al parecer, tampoco existía el motivo de mi visita.

Estaba perplejo con la interpretación de su soliloquio compuesto para concentrar las energías mentales del paciente en un tarro de paz en el que debía volcar cualquier ansiedad. Precipité los acontecimientos astrales: “Perdone que interrumpa su discurso: Sólo quiero que me diga qué tengo y estirar de la falange distal pues desconozco cómo hacerlo correctamente”. Me miró impertérrito y continuó su alocución como si no estuviera presente.

¿Español?”, me preguntó. Ante la positiva respuesta me informó de una estancia suya turística en Barcelona. Vaya, hombre. Reconocí las calles que nombró buscando, de noche, el hotel donde tenían reservado el alojamiento; contó, además, que estuvo recorriendo el camino de Santiago. Le gustó mucho Cantabria.

¿Viajando por Ecuador?”, volvió a preguntar mientras echó un vistazo, por primera vez, a mi dedo; lo cogió entre sus dos manos y charlamos sobre los motivos particulares de cada uno para viajar y conocer mundo. Una de esas chácharas en las que ninguno de los dos estaba interesado en lo que dijera el otro: a mí, el camino de Santiago y su religiosidad me la traen al pairo, y a él, mi itinerario sobre la evolución de la sociedad ecuatoriana desde que gobierna Rafael Correa, otro tanto. Finalmente llamó a la enfermera por su nombre y le pidió gasas, vendas, férula y tijeras. “Por fin”, pensé.

Tras describirle el accidente doméstico me explicó la situación física actual del dedo: se había producido una luxación de la articulación proximal con elongación de los ligamentos que la rodean. Le pregunté si me perjudicaría para viajar y su contestación fue negativa; inmovilización durante dos semanas del dedo y, ¡hale! aquí no pasa nada. Cómo son los médicos; para ellos no somos más que un saco de carne y huesos.

El ambiente estaba distendido: Valeria andaba revoloteando por la consulta y aquel émulo de Hipócrates explicaba el procedimiento para estirar la falange. Al venir la enfermera con todo lo dispuesto una súbita tensión se propagó: Adri llamó la atención a su hija para que estuviese quieta y el médico se distrajo en un atento silencio.

¿Es usted macho?”, me dijo pillándome por sorpresa. Era la segunda vez que esta palabra se mencionaba en relación a circunstancias corporales. “Vaya. En Ecuador debe ser un parámetro para determinar la valentía de las acciones a llevar a cabo”, pensé, “pero si hay dolor, hay dolor”.

– No, doctor. – respondí con franqueza. Se quedó in albis un momento, luego reaccionó presto. Sabía que sólo podían haber dos respuestas. Se preparó para enfrentarse a una de ellas.

– Bueno -dijo con retintín serrano alargando la e; para él era tan común cualquiera de las dos actitudes.

– Cuando estire, doctor, es posible que le insulte. No lo tome como algo personal – dije. – No es la primera vez que me estiran un dedo doblado – añadí. Chucha. Ni se inmutó. Agarró mi muñeca izquierda y la sujetó mientras los dedos de su mano izquierda se aferraron, como tentáculos, al extremo de mi dedo.

Tras ejecutar la operación en cuatro movimientos sinfónicos: allegro, lentissimo, amago de scherzo y rondó, el cuarto dedo volvía a estar recto con la inflamación que acompaña a estos casos traumáticos.

Propuso, para asegurarse, una radiografía que descartara cualquier fisura; tenía que acudir a la clínica Kennedy, bastante conocida en Guayaquil. La factura debía indicar que la cargasen a su gabinete médico; cualquier problema a este respecto comunicárselo. El miércoles, a las tres de la tarde, visita a su consultorio privado con la radiografía. Hizo un pequeño gráfico para llegar en coche. Lo curioso del caso es que todas las indicaciones se las dio a Adri. Yo no existí. Supongo que pensó que un turista extranjero podía tener percances con los trámites de la factura en la clínica y la guía de las calles en una ciudad tan extensa; en cualquier caso tenía la percepción de ser un florero.

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