¿Es ud. macho o gringo? (8): lógico fracaso y a la sanidad privada


Los hombres son unos flojos; nosotras somos machas – dijo una veterana mirando a Adri en alusión a mi dedo doblado.

Iniciamos una conversación; la señora había tenido un cáncer maligno por lo que los médicos no le dieron mucho tiempo de vida: “Eso fue hace nueve años. Aquí estoy. Resistiendo. No lo creen los doctores”. Repentinamente atrajo la atención de otras madamas que procuraron enterarse de cómo superó su enfermedad a lo que la otra relató una serie de subterfugios para acabar, finalmente, claudicando: “Gracias a dios. Él me ayudó; mi esperanza de vivir un día más. Y, mientras tanto – animó el tiple de su voz – , yo seguía yendo a comprar, lavando la ropa, acudiendo a mi terapia contra el cáncer y cuidando de mi familia.” Fue un buen intento, pero el público femenino seguía intrigado por detalles concretos; para ellas no constituía ninguna sorpresa aquel argumento. Entonces la veterana sentenció:

– ¡Los hombres son unos flojos; nosotras somos más machas! -. Y me sonrió con una amplia sonrisa que quedó boquiabierta cuando le dije que no creía en dios. Conocía bien la influencia católica en la sociedad, religión a la que se adhiere un 80% de la población que cree en alguna fe (91,95%) aunque hay un honroso 7,94% de ateos y un 0,11% de agnósticos.

Lancé raudo una explicación.

– Quiero decir, en ningún…

La anciana y su coro alzaron un muro de palabras protestando contra mis ideas; quizás para evitar que los niños allí presentes y las adolescentes con críos oyesen algo perjudicial para sus mentes. Reprobaron mi afirmación y, por supuesto, dificultaron el que pudiese exponer mis razones en público. En aquel momento perdí todo mi atractivo para la luchadora vencedora de un cáncer. Adri recuerda que se me echaron a la chepa: estaban indignadas. Eran fervorosas creyentes de un dios cristiano inculcado en la familia y la escuela; temerosas del desamparo de una idea imbuida desde sus más tiernas infancias. El choque cultural sufrido con aquel extranjero bonachón fue inesperado y amargo para ellas. Sólo acertaron a reaccionar a la defensiva y, como todo el mundo sabe, la mejor defensa es un ataque.

Entonces el milagro se produjo durante la subsiguiente discusión: la puerta se abrió, pero antes de que la enfermera dijese nada, un grupo de veteranas la rodearon impidiendo que Adri pudiese hablar con ella. Ahora ya no eran galápagos inmóviles, sino leonas emboscadas. Si alguna vez tuvimos una oportunidad se perdió irremisiblemente.

El reloj marchaba imparable hacia la hora que la aseguradora dijo que telefonearían y convencí a Adri de que lo mejor era estar en su casa; por otro lado, se había creado un mal ambiente con mis afirmaciones porque no me conformé sólo con negar la existencia de dios. Nos esfumamos con viento fresco.

En casa llamé de nuevo a Barcelona a la aseguradora del viaje; me pidieron que esperase una llamada del agente de Guayaquil donde me indicaría a qué centro sanitario debía acudir. A la media hora me llamaba un señor que se identificó como doctor y que tenía acento serrano. Tras unas explicaciones me preguntó si podía esperar hasta las tres de la tarde. ¿Dos horas? Le presioné para quitarme la ansiedad de encima; quedamos que volvería a llamar. Al rato recibíase una segunda llamada del galeno para preguntarme si podía acercarme al hotel Hilton Colon, uno de los hoteles más conocidos de la ciudad (5 estrellas, elegante y funcional). Naturalmente contesté que sí aunque no entendía la cita en dicho lugar.

Ruta taxi Adri to hotel Hilton Colon (Guayaquil)

Pillamos un taxi para ir al hotel, 5$. Una vez allí vino a buscarnos una enfermera al vestíbulo del hotel que nos acompañó hasta el cuarto médico donde atendía el doctor a los clientes hospedados; en el trayecto saludaba a los vigilantes privados trajeados y recogía sus aprobaciones. Me preguntaba cómo es que este doctor, especializado en traumatología, no tenía consultorio propio. Subimos por el ascensor del servicio; en todo caso, uno distinto que lleva a las estancias de las habitaciones.

Hotel Hilton Colon (Guayaquil)

El gran encuentro se produjo en la quinta planta del hotel. La voz era inconfundible pero no conseguía reconocer si su acento procedía de Quito o Cuenca (a 243 km. de Guayaquil). Se parecía tanto a la voz del político quiteño Alberto Acosta.

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