¿Es usted macho o gringo? (5): el espécimen guayaquileño


28 - Semáforos colgando en -- bis

Las finas lloviznas de la mañana guayaquileña en enero, en plena temporada de lluvias en gran parte del Ecuador, pueden ser eso pero, sean esporádicas o persistentes, ocultan el sol en Guayaquil, así que mi orientación callejera se basaba en la dirección del río Guayas: las calles de Norte a Sur son paralelas. Teniendo en cuenta que en los chaflanes de algunas manzanas de la red urbana hay señales, no las suficientes, indicando nombre y dirección de la calle, y sabiendo que la zona central de la ciudad es cuadriculada, me animé a ir girando en una dirección u otra, sin perder de vista la paralela del Guayas, camino del centro. También es verdad que ignoraba el nombre de las calles por las que caminaba salvo excepciones; si lo sé ahora es por las fotografías y googling.

En las amplias y roídas aceras me percataba de la degradación que sufrían; el pavimento para los vehículos, en cambio, solía presentar mejor aspecto: una desigualdad que evidenciaba los intereses del Municipio de Guayaquil, a pesar de que los guayacos son fieles cumplidores del pago del impuesto predial (el IBI en España); en los primeros días de cada nuevo año se forman larguísimas colas, no menos cierto que incentivados por un descuento que va del 10% al 20% en enero.

Tras eludir el agua acumulada de lluvia vertida por las terrazas de algunos edificios y las cagarrutas de los chuchos que van a su bola, era de crucial importancia fijarse en las calles de doble vía, como se denomina a las de doble sentido, sobre todo en las del eje Norte – Sur, casi siempre sin semáforo y que, además, los coches de frente también pueden girar por donde tu vas a cruzar; todo ello induce al peatón a adoptar la postura del correcaminos: antes de cruzar a la siguiente cuadra, pararse en seco, giro alternativo cuellicular, vista al frente, ¡no hay carros!, cruzar zumbando. Esto es típicamente guayaquileño, costumbre que un extranjero debe imitar, por su propio bien, desde la primera hora que pisa las aceras de esta urbe: la razón son los conductores; pasan por huevones (gilipollas; capullo) y cojudos (subnormal, tontolaba), además de recibir pitadas, aquellos que, en un paso cebra, dejan cruzar a una persona o, simplemente, respetan las señales de tráfico.

Hay que tener presente que en Guayaquil el coche siempre tiene preferencia de paso; si el visitante hace caso omiso a esta regla, no debe preocuparse, que ya le recordarán la lección, y repetirán con sumo gusto, el 90% de los automovilistas.

El conductor medio guayaquileño, que predomina en el imperio vehicular, es una especie cuyos dos fundamentales hábitos gregarios son: la competición de unos con otros por un segundo menos de tiempo en la calzada – paradojas del mundo animal -; e impedir el molesto comportamiento de los bichus pedestris, unos bípedos que andan por ahí sueltos, a veces en grupos numerosos, estorbando al tratar de compartir los amplios espacios que se trazaron para las manadas cuatrirodantes.

Tras ejercitar la postura del correcaminos, a la que no termina uno de acostumbrarse, durante bastante cruces por la parroquia Urdaneta, pegada a la Febres Cordero, voy acercándome con ilusión al centro: voy a comprar un billete para montar en el recién remozado tren de Ecuador. Ya conozco los itinerarios, precios y tiempos de recorrido. Mentalmente me abstraigo del sonoro ambiente, de ese espécimen típicamente guayaquileño, pensando en cómo serán los nuevos ferrocarriles del Ecuador.

16 - 210113 - Unidad médica privada por el barrio (parroquia Urdaneta, )

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