Penúltimos diálogos con la noche caída


Con el tema político en un impasse desvié mi atención a cuestiones monetarias, así que les pregunté qué riquezas tenía Ecuador para vender; ¿en que basaba su economía?

– Petróleo principalmente – respondió Raúl.

– ¿Se refina en Ecuador? – pregunté.

– Sólo hay una refinería en Esmeraldas para el consumo nacional. Los derivados hay que importarlos – acotó Raúl.

– Ya. Lo que genera más dinero. ¿A nadie se le ha ocurrido invertir en refinerías?

– Hay barcos mercantes que transportan los derivados al Ecuador.

– Pero así sólo se beneficia la empresa distribuidora; al resto del país no le conviene. Es como echarse piedras sobre tu propio tejado.

El diálogo versó sobre otros productos exportadores como el cultivo del camarón que se solía exportar y que ya era la segunda o tercera fuente de ingresos del país. El banano, claro es, era otra fuente de recursos pero ambos minimizaban cualquier aportación frente a lo que significaba el petróleo para el Ecuador.

¿Y la declaración de impuestos de las personas? Mayormente se daban los ingresos al Estado por los impuestos indirectos; el porcentaje de declarantes era mínimo y citaban al ricacho por excelencia, Álvaro Noboa, con ingresos millonarios declarando una mínimo porción al Estado o evadiendo directamente los pagos.

No era el único; tiempo después, en Barcelona, conocí a una señora ambateña con varios años en España, que tenía el propósito de construir un geriátrico cuando regresase a Ecuador; al preguntarle si había presupuestado también los impuestos me contestó: “Allá nadie paga impuestos”.

Hablamos también de los “informales”, personas que trabajan vendiendo lo que sea u ofreciendo sus servicios en la calle sin pagar impuestos a nadie. Vaya, que al Estado se le escapaban recursos pero, al menos, no se dedicaban a robar; y no eran un porcentaje despreciable: cifras cercanas al 50% de la población.

A partir de aquí ya no recuerdo cómo continuó la conversación, ni si me presentaron a alguien más excepto a Adriana, que permaneció unos instántes con nosotros. En aquel momento mi mundo se reducía a dos personas: Félix y Raúl.

A medida que la noche se vaciaba de gente y carros en las calles también a los familiares de Juana les tocó irse a sus casas: mañana unos tenían que trabajar; otros estudiar en la universidad y los viajeros teníamos una tarea ineludible: alquilar los trajes para la boda.

Salí al exterior de la casa a fumarme un cigarrillo de liar. Me senté en un taburete de madera que Marco solía tener, en la acera, al lado de su puerta, y me puse a observar el cruce de calles, poco iluminadas o sin iluminación un poco más al oeste. Debían ser las diez y media de la noche.

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