La fama de inseguridad de Guayaquil (y II)


Ya conocía de la mala fama de Guayaquil; de lo primero que le hablan a un extranjero. No sé si es acertado tener esa opinión negativa de tu ciudad, pero si se pregunta a habitantes de América Latina suelen quejarse de la inseguridad ante todo. En toda América, excepto Canadá y algún país más ¿Cuba, Antillas holandesas?, la imagen de criminalidad y mortandad está asociada a sus países. La violencia policial y criminal; bandas, pandilleros, maras, narcotráfico, jueces sobornados, etc. es noticia corriente a todas horas.

Lo he oído en guatemaltecos, brasileños, colombianos: echan pestes de sus ciudades natales, pero, claro, bastantes de ellos son personas con la vida resuelta, con dinero suficiente para estudiar en Europa o residir trabajando en el extranjero. No se dan cuenta de que en un mundo más igualitario, con más clase media en sus sociedades, no habrían tantos crímenes; y, además, el acceso sin problemas a las armas fomenta la facilidad del robo.

Le pregunté una vez a un hondureño, que trabajaba en Barcelona, y había estado dos años trabajando en los EE.UU., en la ciudad de Orlando (Florida), ¿qué era lo que más valoraba de mi ciudad?

– La seguridad. Acá puedes andar de madrugada con tranquilidad; no piensas que te van a asaltar. Allá tenía esa sensación. Cada noche, cuando salía de trabajar en un restaurante tenía que caminar a mi casa a las afueras de Orlando. No hay, pues, bus público a esas horas.

Se oyen las balas en la noche. Todas las noches. – y no dijo nada más.

Guayaquil tenía esa fama; no ya entre la clase económicamente pudiente, sino entre la superviviente clase media y la humilde. Le venía de tiempo ha. El escritor Tom Miller, en el epílogo de su libro “The Panama hat trail” describe una anécdota que da cuenta de esa fama. Había vuelto a viajar al país, en el año 2000, y alquiló un coche en Guayaquil para dirigirse al pueblo de Cadeate. Una vez allí pasea con un recolector de paja toquilla.

Salí a caminar con Vicuña por el pueblo entre ruinosas casitas de madera, con un séquito de vecinos cada vez más numeroso. Cuando casi habíamos perdido de vista mi coche de alquiler, me detuve vacilante. ‘No se preocupe, no va a pasar nada’, dijo una mujer rechoncha conocida como La Gordita. ‘En Guayaquil sí, allí hay que encerrarlo todo bien. ¿Pero aquí? Aquí no hay ningún peligro’ “. (1)

Los moradores comentan que esa fama pudo nacer en los 60, cuando hubo una extensa inmigración a la ciudad huyendo de la pobreza de las zonas rurales. La ciudad empezó a crecer desmesuradamente, parece ser, a partir de los 50.

Las zonas con fama más peligrosa eran el Malecón y, al final de esta avenida, el barrio de Las Peñas; precisamente las zonas más turísticas que, sin embargo, estaban degradadas. Cuando Juana se vino a España, en el 2000, dijo que había un proyecto de remodelación propiciado por el Cabildo.

Viniese de donde viniese esta mala fama Marco y yo nos despedimos cuando vimos a Ramón en la entrada de su casa con el gesto de cerrar la puerta.

Entré y saludé a Ramón. Cerró la cancela con llave, luego la puerta y el resto de cerrojo. Tras cepillarme los dientes subí al piso de arriba, al que se accede por una escalera de madera pegada a la pared: ya estaban todos acostados. Sólo se escuchaba el run rún del ventilador de aire acondicionado LG.

Al asomar mi cabeza por el hueco del techo del segundo piso vi, en penumbras, la alargada habitación iluminada por la luz de la calle que entraba por la única ventana existente; un habitáculo de unos 15 metros de longitud por unos 3 ó 4 metros de ancho sin paredes. El suelo estaba formado por larguísimos tablones de guayacán, árbol escaso hoy día, con madera machihembrada de chanul.

Caminé con cautela; tenía mis dudas respecto a la resistencia de aquel suelo de madera. Tampoco quería hacer ruido, pero esto último, importaba menos ya que el aparato de aire acondicionado camuflaba cualquier sonido.

El refrigerador LG estaba funcionando a todo trapo; me congelaba por momentos. Tuve que desvestirme enseguida, no sin antes recoger primero mi linterna de cabeza para ver dónde colocar la ropa y dispositivos varios en la mochila.

– Richard. El aire que sale del aparato es gélido. Nos vamos a congelar con ese aire de montaña. Dale menos caña, tío.

– Manu, es que sino, no alcanza el aire al final de la habitación. Los demás pasarán calor si no le doy toda la potencia.

¿Los demás? Claro. Miré con atención a la oscuridad; las camas se habían dispuesto siguiendo un orden: al lado de la ventana dormían Richard y su novia Cuqui; luego venía yo, después Ramón y Juana y, finalmente, al fondo, Raúl y Adriana. No me había dado cuenta con aquella oscuridad.

Guayaquil es una ciudad calorífera y, por la noche, ronda por encima de los 20º C todo el año; si sumamos el techo de chapa aumentaba la sensación de calor.

De todos modos tenía sueño; en 10′ me quedé frito con aquel frío glacial sobre mo cabeza. Moqueaba; pensé que me resfriaría, pero en las siguientes noches no volví a quejarme de aquel viento siberiano en esta ciudad ecuatorial.

– – –

(1) Miller, Tom: “La ruta de los Panamás”, Ed. Debate (2003), p. 290.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s