PROHIBIDO OLVIDAR (3)


Calle Ayacucho a la altura de la 11

Calle Ayacucho a la altura de la 11 (mayo 2007)

Llegaríamos al hogar sobre las 19.30h; con la luz del sol extinguiéndose fuimos recibidos por los familiares que quedaban, una veintena larga de personas, pero así como los padres de Juana habían tenido 8 hijos, ellos no pasaban, ninguno, de tener 2 salvo Marco y Rolaida que eran 3.

Al saludarse se presentaban con la forma verbal de usted, incluidos los más pequeños. Me chocó tal tipo de saludo pero en Guayaquil, y entre las clases medias y las más humildes es corriente. Algo similar ocurre en el resto de Ecuador. Allí estaban todos los ñaños (hermanos, primos, designa a un familiar en quichua y, a veces, amigos de infancia). Los primeros saludos dieron paso a las pláticas animadas, mientras yo permanecía un tanto alejado de todos, pues las conversaciones se desarrollaban a ritmo galopante. Decidí coger mi mochila y acercarme a la puerta de la casa de Juana, pero no tenía claro cuál era, pues el edificio, de dos pisos de altura, como la mayoría de la zona, por lo que pude apreciar, tenía varias puertas donde vivían cada uno de los hermanos. Así lo dispuso el padre de Juana en la creencia de que viviesen los hijos unos al lado de otros.

Mientras atinaba a averiguar qué puerta podía ser vi a Juana saludando a su hermana Bolivia; cuando le dio un beso en cada mejilla, ésta le espetó sorprendida: “¿Qué pasa? ¿Ahora somos españoles?”. Sonreí y me alejé un poco. Dejé la mochila en el suelo, al lado de una puerta, y me mantuve a la expectativa. No hablaba con nadie porque todos charlaban con todos. No es que pasase desapercibido; mi altura y mi modo de vestir no eran los habituales, simplemente, habían motivos para celebrar esta reunión familiar donde, desde hacía años, estaban, por vez primera, la mayoría faltando únicamente las primas Graciela y Mirella y sus familias. Eran las hijas del sr. Bolívares, cariñosamente Don Bolo, con una fama de mujeriego y bebedor de talante divertido; era el hermano del sr. Rosendo, más adusto, el “papá” de Juana, Goyo, Bolivia y Rolaida, ya fallecido años ha.

Pero allí faltaban más hermanos; me puse a recordar las fotos familiares de Juana y todos no estaban. Asomó, por la puerta donde me había pegado como una lapa, un señor de mediana edad, unos 55 años, con grandes gafas rodeando sus ojos. Con una cerveza Club en la mano me pasó otra biela (cerveza bien helada) y se quedó allí plantado a punto de hablar. Me examinó mirándome a la cara:

– Y ud. ¿es español?

– Eso dice el pasaporte.

– Yo soy de la familia de los Castellanos – dijo con firmeza-. Nuestros antepasados tienen raíces españolas. – y me recitó un breve discurso de sus ascendientes como originarios de Guayaquil y con el transfondo de la conquista española de América. Desde luego tenía el verbo fácil; hacía honor a su profesión: abogado. Comenzamos una animada plática de preguntas y respuestas.

– Félix, este es Manu – le dijo Juana, en un momento que se acercó a nosotros, pero me parece recordar que ninguno de los dos le hicimos caso alguno; llevábamos unas cuantas chelas encima con el conversatorio que empezó de este modo:

– Y ud. ¿qué sabe de Ecuador?

– Pues… conozco a parte de tú familia y poco más. Ni siquiera sé quién es el presidente actual.

– Correa. Rafael Correa.

Lo que sucedió, a continuación, fue una de esas conversaciones que uno se llevará a la tumba como último recuerdo bajo el enunciado: “EXPLICAR PRIMERO LA POLÍTICA, luego la política”.

Casa de la 11

Casa de la 11

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