¿Es ud. macho o gringo?


Los noticiarios mañaneros de las televisiones ecuatorianas son parcos en noticias; se centran en un bloque de dos o tres y, luego, viene una multitud de piezas informativas minichips; quizá se debiera a que veía los telediarios que comienzan hacia las nueve de la mañana. El grueso de los informativos se emiten hacia las siete y media y se alargan una hora y más para enlazar con las clásicas tertulias que también allí abundan.

En aquel momento estaba sintonizada la cadena Ecuavisa; desayuné viendo un anuncio publicitario del gobierno que resaltaba su labor en la justicia – criticada en los medios privados por considerarla a favor del gobierno actual – : principalmente las reformas tendentes a su independencia de los poderes legislativo y ejecutivo; se incidía en la situación actual de los nuevos jueces, elegidos por meritos, y examinados en oposiciones públicas para acceder a sus cargos haciendo hincapié, en la comparación anterior a la presidencia de Rafael Correa, en la indigna acción de los parlamentarios negociando para colocar a jueces de su misma hornada política en todos los altos estamentos judiciales. No se olvidaba de mencionar a la veeduría internacional, encabezada por Baltasar Garzón, que había asesorado la reforma del poder judicial, la cual había contribuido a la eficacia de la judicatura ecuatoriana, consiguiendo rápidas resoluciones de los casos comunes; reducción de las largas listas de procesos pendientes; sentencias más duras en los casos graves y en la lucha contra la corrupción de los jueces la Judicatura había destituido a 302 [302 jueces expulsados]. Todo esto había ocurrido en apenas un par de años, 2011 y 2012.

Zapeé por otros canales para comparar información y encontrarme los mismos anuncios gubernamentales. Desde luego el gobierno estaba invirtiendo en publicidad: cualquier canal era bueno pese a que había decidido no contratar en medios privados hacía unos meses. Es el constante toma y daca entre el gobierno y los medios de comunicación.

Vino Bolivia a saludar a los que quedábamos en casa; yo, Adriana y Valeria. Raúl ya marchó a trabajar antes de las nueve. Comentamos sobre la sanidad ecuatoriana y pregunté cómo se dividía la administración sanitaria en una gran ciudad como Guayaquil. Básicamente, hay los ambulatorios como centros de salud primaria, algunos tienen atención especializada como ginecológica y odontológica y, luego, están las Jefaturas de Área, una docena en toda la ciudad, con mayores equipamientos y horarios más amplios, de 7h a 19:30h

Tras esta información me decidí a visitar algún ambulatorio, cuyos horarios son de 8 a 16h., en el que corroborar la información; contaba con la dirección de uno y, preguntando, lo encontré. Cuando iba a acceder al interior, un muchacho que superaba la veintena por poco, me paró los pies y me preguntó qué quería. Entendí las suspicacias hacia un extranjero visitando un centro de salud como aquel y más en época de elecciones en el país, pero ¿quién era esta persona? No tenía uniforme identificativo ni le colgaba ningún documento acreditador; por cierto, tampoco el edificio tenía una identificación externa pero sí era visible un cartel para denunciar la corrupción médica llamando a un número gratuito 1800. Me dijo que era el conserje, una especie de vigilante e informador al mismo tiempo; él fue quien respondió a mis preguntas incluido el silencio; la ignorancia no estaba en ninguna de ellas. La atención primaria, ginecológica y odontológica eran gratuitas; respecto a los medicamentos “si para en el dispensario se entrega; sino se va a la farmacia y se paga”. No podía fotografiar pero me permitió entrar en la sala de espera que daba a la calle de la que le separaba una malla metálica.

Gracias a una paciente, lacónica como el bedel que se había ausentado de la ventanilla de atención, supe que había una odontóloga atendiendo a los escasos visitantes en aquella antemeridiana hora. Inquirí sobre la atención dada por los médicos; dijo que era buena sin más. Las quejas van por el camino del escaso equipamiento con que cuentan estos centros primarios. Por el barrio no escaseaban los laboratorios privados donde la persona se costea la radiografía o un análisis de sangre/orina (dependiendo del “sector” de la urbe podía ser 20$ atención médica y 20/25 radiografía); tampoco faltaban despachos de médicos por la zona.

Clínica privada barrial Guayaquil

Clínica privada barrial Guayaquil

Laboratio médico barrial Guayaquil (fijarse precios)

Laboratio médico (privado) barrial Guayaquil (fijarse precios)

Como ya vi que no iba a extraer ninguna novedad más me dediqué a callejear un buen rato por la zonaperdiendo el norte al moverme de una calle a otra pero teniendo como horizonte aquellas que tuviesen el río Guayas al fondo, por donde vería el sol si no estuviera cubierta la ciudad con nubes que descargaban alguna llovizna que otra, lo cual provocaba que tuviera que esquivar las fachadas de algunas casas por donde las cañerías de desagüe, colocadas en primera y segunda planta, vertían el agua de lluvia.

Cañerias de desagüe volcan en la calle (Guayaquil)

Cañerias de desagüe volcan en la calle (Guayaquil)

Justo evadiendo un salto de agua casero pisé una mierda de perro, habituales en las aceras toda vez que los chuchos andan sueltos a su bola. Tampoco se puede estar atento mirando arriba y abajo, así que tuve que añadir a mi concentración visual, los cruces callejeros sin semáforos ni pasos cebra; las cascadas caseras y las cagarrutas de cuadrúpedos caninos.

Sin embargo, fue el oído el sentido que me alertó acto seguido; desde una escuela infantil se oían los chillidos de las maestras hacia los niños. ¡Caramba!, con esos gritos logras atención pero no emoción; lo que más dolía era el incansable vocerío de las maestras; esto me lo confirmaría Enma quien aborrecía ese tratamiento comparándolo con el trato recibido en las escuelas de Barcelona. Me alejé lo más presto posible de tal lugar; me fijé en los derredores donde habían numerosos colegios fiscales, entiéndase públicos, adonde irían a parar aquella caterva de pilluelos mal educados. Qué diferencia con la escuela particular [privada] que me cruzaría 5 minutos después: fachadas de colores; silencio y diversión a partes iguales; y, ¡oh, sorpresa! todos los cruces tenían pintados y perfilados los pasos cebra.

En mi caminar di, por casualidad, con el mercado de abastos “Garay”, entré por su puerta nº 5, eché un vistazo a sus pasillos interiores e hice dos o tres fotografías antes de que un segurata me llamara la atención: “Disculpe. Tiene que hablar con el jefe – señalándolo – para hacer fotos”. Miré a los pasillos buscando una explicación, pero me quede igual de bobo. Empezaba a ser una costumbre que los edificios públicos no pudieran ser fotografiados; y yo no pasaba desapercibido. Fui a hablar con el “jefe”: “¿Tiene permiso del Municipio?”. Como si no supiera la respuesta de antemano. Apagué la cámara fotográfica y me di una vuelta seguido, a cierta distancia, por el guachimán que me había echado el ojo.

Les pregunté a unos pescaderos el origen del bagre que vendían. De Playas. ¿Y los distribuidores?. “Copesa y Rosario son los principales”. Todo el mundo pasaba por ellos, y ellos imponían los precios.

Fastidiado del continuo seguimiento me marché con mis preguntas a otra parte; poco más tarde me dí cuenta de que había olvidado mi cartera al querer comprar El Telégrafo a un kiosquero. ¡Cachis! Llevaba ya una hora y media recorriendo calles en dirección al Malecón 2000. Hala, volver a casa de Adriana. Tiempo perdido en ir y venir.

Una vez con la cartera en el bolsillo bajé la escalera de peldaños de madera a toda castaña resbalando en su mitad inferior; terminé la bajada sobre el talón de mi pie derecho mientras trataba de no caerme al suelo por el lado izquierdo; para evitarlo me así con la zurda donde pude y el cuarto dedo se dobló en su falange media quedando en forma de escalón. Noqueado por la adrenalina no sentía dolor, pero tampoco veía estrellitas. Estaba putiado.

Sabía que tenía que estirar de la primera falange pero, tras unos intentos dolorosos, llamé por teléfono móvil, a la compañía de mi seguro de viajes IATI. Me dijeron que en una hora me llamarían al teléfono de contacto que les facilité. ¿Una hora? ¿Una hora con la visión de mi dedo mortificado de esa manera?

Adriana me vio compungido y se apiadó de mí. Dijo que conocía a un médico en una Jefatura de Área cercana al barrio: “Podríamos ir y pedir una opinión rápida”. Me pareció razonable aunque expresé mis dudas respecto a las probables colas de pacientes que habrían sin olvidar que soy un extranjero y no hay convenio bilateral sanitario de España con Ecuador.

Al llegar al centro sanitario ya vi que no era un hospital, más bien un centro primario con dos plantas y más estancias de atención médica: era un ambulatorio expandido. Subimos unas escaleras que accedían a la primera planta al tiempo que unos médicos descendían para recoger unas carpetas, donde consta el historial del paciente, de la ventanilla de entrada.

Arriba nos quedamos esperando Adriana, su hija y yo. Hacía un tremendo calor que no lo ahuyentaba ninguno de los dos grandes ventiladores en aspa colgados del techo metálico en forma de uve; además habían aberturas en las esquinas por donde entraba el aire del exterior y no vi ningún aparato de aire acondicionado [llamados splits]; así que el bochorno era atosigante desde el primer momento, pero los médicos iban con sus batas blancas, señal de que en algún sitio de esta Jefatura de Área se sentía aire fresco.

Una buena cantidad de personas, mayormente mujeres de todas las edades, esperaban con ardor a ser atendidas pero aguantaban el tipo en aquella sauna en una inmovilidad sedente. Pocas permanecían de pie.

En aquella antesala habían dos puertas que daban acceso a una galería donde se ubicaban las habitaciones de los diferentes doctores de medicina general; de tarde en tarde, alguna enfermera acalorada nombraba un paciente una o dos veces; ese era todo su esfuerzo pues trataba de permanecer el menor tiempo posible en la sala de espera, pero las damas allí presentes no dejaban pasar ni una; alzaban la mano y esperaban que la enfermera se acercase para comprobar su identificación; pocas se esmeraban en gastar movimiento; la agilidad se reducía a cabecear y decir un sí. Me recordaron a los quelonios.

Tuve claro desde el principio que no cederían ni un minuto a nadie por delante de ellas; pero Adriana confiaba en que saldría alguna enfermera conocida que, quizá, nos hiciese el favor de una consulta rápida.

Mientras Valeria se ganaba rápido la confianza de las mujeres mayores, tal que iguanas vigilaban con leves agitaciones oculares nuestra posición, Adriana y yo resistíamos junto a la puerta que permitía el acceso al paraíso, cada uno a su manera, ella adoptando la misma quietud que el resto del personal y yo encogiéndome el cuerpo, contemplando mi dañado dedo y mirando en derredor.

Aquel clima opresor no ofrecía ninguna posibilidad y así se lo comuniqué, por lo bajini, a Adriana, pero me hizo un ademán de aguardar y tener paciencia. Llevábamos ya media hora larga junto a la puerta y no se había abierto ni una sola vez. ¡Snafu!

Los hombres son unos flojos; nosotras somos machas – dijo una veterana mirando a Adri aludiendo a mi presencia.

Conversamos los tres un rato; la señora había tenido un cáncer maligno por lo que los médicos no le dieron mucho tiempo de vida: “Eso fue hace nueve años. Aquí estoy. Resistiendo. No lo creen los doctores”. Repentinamente atrajo la atención de otras madamas que procuraron enterarse de cómo superó su enfermedad a lo que la otra relató una serie de subterfugios para acabar, finalmente, claudicando: “Gracias a dios. Él me ayudó; mi esperanza de vivir un día más. Y, mientras tanto – animó el tiple de su voz – , yo seguía yendo a comprar, lavando la ropa, acudiendo a mi terapia contra el cáncer y cuidando de mi familia.” Ah, buen intento, pero el público femenino seguía intrigado por detalles concretos. No constituía ninguna sorpresa aquel argumento. Sentenció:

– ¡Los hombres son unos flojos; nosotras somos más machas! -. Y me sonrió con una amplia sonrisa que quedó boquiabierta cuando le dije que no creía en dios.

Quiero decir, en ningún…

La veterana y su coro alzaron un muro de palabras contra mi frase; quizás para evitar que los niños allí presentes y las adolescentes con críos oyesen algo perjudicial; reprobaron mi afirmación y, por supuesto, dificultaron el que pudiese exponer mis razones en público. En aquel momento perdí todo mi atractivo para la luchadora vencedora de un cáncer. Adri recuerda que se me echaron a la chepa: estaban indignadas. Eran fervorosas creyentes de un dios cristiano inculcado en la familia y la escuela; temerosas del desamparo de una idea imbuida desde sus más tiernas infancias. El choque cultural sufrido con aquel extranjero bonachón fue inesperado y amargo para ellas. Nací para decepcionar. Sólo acertaron a reaccionar a la defensiva y, como todo el mundo sabe, la mejor defensa es un ataque.

Entonces el milagro se produjo durante la subsiguiente discusión: la puerta se abrió, pero antes de que la enfermera dijese nada un grupo de veteranas la rodearon impidiendo que Adri pudiese hablar con ella. Ahora ya no eran galápagos inmóviles, sino leonas emboscadas. Si alguna vez tuvimos una oportunidad se perdió irremisiblemente.

El reloj marchaba imparable hacia la hora que la aseguradora dijo que telefonearían y convencí a Adri de que lo mejor era largarse; por otro lado, se había creado un mal ambiente con mis afirmaciones porque no me quedé sólo en negar la existencia de dios. Nos esfumamos con viento fresco.

En casa contacté con la aseguradora y pidió que esperase una llamada del agente de Guayaquil donde me indicaría a qué centro sanitario debía acudir. A la media hora me llamaba un señor que se identificó como doctor; expliqué las causas y consecuencias del accidente y me preguntó si podía esperar hasta las dos, tres de la tarde. Tenía un acento serrano que se lo comía vivo, más aún, deduje que era capitalino. No entendía qué hacía trabajando en Guayaquil ni tampoco porque debía esperar dos horas, así que le presioné para quitarme la ansiedad de encima. Al final respondió, en una segunda llamada, si podía acercarme al momento al hotel Hilton Colon, uno de los más conocidos de la ciudad.

Naturalmente contesté que sí y allá nos fuimos Adri, Valeria y yo. Vino a buscarnos una enfermera al vestíbulo del hotel que nos acompañó hasta el cuarto médico donde atendía el doctor a los clientes hospedados; en el trayecto saludaba a los vigilantes privados trajeados y recogía sus aprobaciones. Yo me preguntaba cómo es que este doctor, especializado en traumatología, no tenía consultorio propio. Usamos el ascensor del servicio.

El gran encuentro se produjo en la quinta planta del hotel. La voz era inconfundible pero no conseguía reconocer si su acento procedía de Quito o Cuenca (a 243 km. de Guayaquil). Se parecía tanto a la voz del político quiteño Alberto Acosta.

Ante todo, el hombre trataba de inspirar calma por los cuatro costados, pero yo no estaba nervioso. Sus palabras contenían todo el aire de la Naturaleza tranquila; era puro calmante homeopático verbal; no existía el hic et nunc. Ni, al parecer, tampoco existía el motivo de mi visita. Fue un soliloquio, bien interpretado, he de reconocer, compuesto para concentrar las energías mentales del paciente en un tarro de paz en el que debía volcar cualquier ansiedad. Precipité los acontecimientos astrales: “Perdone que interrumpa su discurso: Sólo quiero que me diga qué tengo y estirar de la falange distal pues desconozco cómo hacerlo correctamente”. Me miró impertérrito; continuó su alocución como si no estuviera presente pero se apresuró a terminar.

“¿Español?”, me preguntó. Ante la positiva respuesta me informó de una estancia suya turística en Barcelona. Vaya, hombre. Reconocí las calles que nombró buscando el hotel, de noche, donde tenían reservado el alojamiento; contó, además, que estuvo recorriendo el camino de Santiago. Le gustó mucho Cantabria.

“¿Viajando por Ecuador?”, volvió a preguntar mientras echó un vistazo, por primera vez, a mi dedo; lo cogió entre sus dos manos y charlamos sobre los motivos particulares de cada uno para viajar y conocer mundo. Una de esas chácharas en las que ninguno de los dos estaba interesado en lo que dijera el otro. Finalmente llamó a la enfermera por su nombre y le pidió gasas, vendas, férula y tijeras. “Por fin”, pensé.

Tras describirle el accidente doméstico me explicó la situación física actual del dedo: se había producido una luxación de la articulación proximal con elongación de los ligamentos que la rodean. Le pregunté si me perjudicaría para viajar y su contestación fue negativa; inmovilización durante dos semanas y, ¡hale! aquí no pasa nada. Cómo son los médicos; para ellos no somos más que un saco de carne y huesos.

Me llevó hasta una camilla donde me senté; se dispuso a dar órdenes a la enfermera al tiempo que seguía explicándome cuestiones relacionadas con el daño físico del dedo. El ambiente estaba distendido; Adriana estaba atenta a nosotros sin perder de vista a Valeria, que andaba revoloteando por la consulta; la mamá le llamó la atención y la chiquilla no se movió de donde estaba. Ahora todos estábamos tensos. La enfermera tenía su mirada fija en las manos del doctor, que las movía en el aire como un director de orquesta, y sus oídos prestos a la voz del mismo.

“¿Es usted macho?”, me dijo pillándome por sorpresa. Era la segunda vez que esta palabra se mencionaba en relación a circunstancias corporales. “Vaya. En Ecuador debe ser un parámetro para determinar la valentía de las acciones a llevar a cabo”, pensé, “pero si hay dolor, hay dolor”.

No, doctor. – respondí. Se quedó in albis un momento; y reaccionó presto. Sabía que sólo podían haber dos respuestas. Se preparó para enfrentarse a una de ellas.

Bueno -, dijo con retintín serrano alargando la e. Para él era tan común cualquiera de las dos actitudes.

Cuando estire, doctor, es posible que le insulte; no lo tome como algo personal – dije. – No es la primera vez que me estiran un dedo doblado – añadí. Chucha, no se inmutó. Tanto mi voz como la suya estaban templadas en el mismo sonido grave del chocar de una suave corriente de agua contra una piedra gruesa.

Agarró mi muñeca y la sujetó mientras los dedos de su mano izquierda se aferraron como tentáculos al extremo de mi dedo. Tenía la sensación de ser un reo al que iban a electrocutar.

Comenzó a estirar como si fuera el primer movimiento de una sinfonía: Allegro. Mi todo yo se arqueó. Pasó al segundo movimiento: lentissimo. Notaba el dolor prolongándose por mi espalda pero no me disgustaba la música a pesar de que mi rostro debía ser un poema al que, por cierto, nadie miraba pues todos contemplaban la maniobra sobre mi dedo. Ejecutó el tercer movimiento: un amago de scherzo que elevó el umbral del dolor y que soporté ahogando los quejidos y los insultos; sólo esperaba el final apoteósico. El cuarto movimiento fue extrañamente breve e indoloro; el final de un rondó: crac; el dedo volvía a estar recto con la inflamación que suele acompañar a estos casos traumáticos.

Dio unas instrucciones a la enfermera para fijar mi dedo a una férula y una serie de recomendaciones para mí. Nos levantamos los dos; propuso, para asegurarse, una radiografía descartando fisuras y recetó unos medicamentos; lo curioso es que no me lo decía a mí; se dirigía a Adriana y, de hecho, le entregó a ella las recetas para mi cura. Estaba flipando. Yo, ¿qué era? ¿el paciente o el hombre invisible?

A partir del momento en que mi dedo quedó en su posición original dejé de existir; todo fueron atenciones hacia Adri: ir a la clínica Kennedy, le facturasen el coste a su gabinete médico (él lo facturaría, a su vez, a la aseguradora de viaje); el miércoles visita a su consultorio privado, con la radiografía, e indicaciones sobre cómo llegar. Cualquier problema le telefoneásemos a su celular. Me sentí como esas parejas donde si el esposo es el enfermo ella es el florero. ¿Cuándo se produjo esta inversión de papeles y por qué?

A las tres de la tarde llegamos a la clínica privada Kennedy, bastante conocida en la ciudad; sala de espera con 4 personas más. No tardé mucho en ser atendido; entre tanto uno se entretiene viendo las noticias de la tele. Le pregunté a Adri cuánto costaba una visita en la Kennedy; dependiendo de la causa, de 60 a 100$, a menos que tengas un seguro privado médico.

Me llaman; entro y la clásica máquina de rayos X, una Philips por la que los años no pasaban en balde, estaba preparada. Quienes no lo estaban eran los ayudantes enfermeros. Justo cuando van a empezar me preguntan el nombre. Respondo alto y claro pero aún así tengo que repetir. Noto como los tres, metidos en la cabina, se ríen y actúan como monguers pero ignoro el por qué.

A la salida me entregan la carpeta con la radiografía; vamos a la ventanilla de administración de la Kennedy para entregar el papel del doctor y que no nos cobren la sesión de rayos X. Comprueban que todo está ok. En Ecuador también hay convenios con la medicina privada para atender pacientes del IESS (Instituto Ecuatoriano de la Seguridad Social) o de la Sanidad pública y evitar las largas esperas. Si pagas en metálico la atención es primorosa; si vienes de una institución pública deja que desear.

Mientras estábamos en recepción tramitando la factura de la radiografía (35$), la chica le pide confirmar los datos personales del paciente; entonces Adri, extrañada por lo que oía, se fija en la carpeta y, sonriendo, me dice que han cambiado mi nombre; ante mi sorpresa me la enseña: “Edwin”. Ahora entiendo el choteo que se llevaban aquellos tres palurdos. Todo está relacionado, en parte, con el aspecto corporal que aparento, es decir, soy un gringo. A lo largo de mi segunda visita al país notaré la impresión que produzco, en la mayoría de los ecuatorianos, al hablar español y tener una imagen, nunca mejor dicho, de extranjero; al no reconocer mi pronunciación de España, salvo excepciones, les descoloca. Suelen venir turistas chilenos y argentinos; también les visitan colombianos y peruanos más buscando trabajo, pero a ellos sí les ubican en su país de origen y pertenecientes a América. La conclusión es que soy un gringo, y da igual que les hable un español nativo porque mi pronunciación es la de un forastero. Eso va a pesar en mi contra a lo largo del viaje cuando hablase con ciudadanos ecuatorianos sobre política nacional u otras cuestiones afines. Tampoco yo caí en ese detalle hasta que la experiencia se repetía, una y otra vez, en distintas partes del país.

Después de comer en casa de Adri salí a dar una vuelta breve por el barrio, sólo quedaban dos horas antes de la puesta de sol y no me daba tiempo a completar mi idea inicial: contratar distintos viajes en tren en la oficina de turismo ecuatoriana sita en el Malecón 2000. Al regresar veo a un vendedor informal de frutas que transporta en el típico carrito triciclo; me atrae la forma abombada de una de ellas y le pregunto el precio. 50 centavos cuesta cada una; me pareció justo. Compré tres.

Vendedor informal. Transporta zapote y...

Vendedor informal. Transporta zapote y…

Había quedado con Adri y Raúl a las siete para cenar en otro sector de la ciudad; al llegar a la casa me encuentro a Adri conversando con su tía Bolivia. Les comento lo de la fruta y averiguo que se llama zapote. Abierto se parece al melón, en tamaño también, aunque la textura es más chiclosa y dulce. También me entero de su verdadero precio: se suelen vender dos o tres por 50 centavos. Se sorprenden y ríen ¿Se entiende por qué soy un gringo en Ecuador? Los viajeros cosmopolitas ya están acostumbrados a estas variaciones de precios respecto a los nacionales, pero cuesta adaptarse, sobre todo, si uno está habituado a ver los precios marcados y el mismo para todo el mundo venga de donde venga. Tampoco me importó; el tipo que me los vendió me cayó bien. Era una buena persona que se ganaba la vida lo mejor que podía; conversamos unos minutos acerca de las políticas del gobierno y de la venta informal: se quedó sin trabajo y este negocio era todo lo que tenía para ir tirando. Para no ser detenidos por la policía, por venta ilegal, los vendedores informales están siempre en constante movimiento, así justifican su mercancía. Si se quedasen un tiempo en una esquina no tardaría en aparecer un patrullero para pedirle la documentación reglamentaria. Como bien dijo “Y, pues, ¿quién tiene la plata para pagar esos impuestos municipales? Las solución del alcalde de situarnos en otras áreas menos transitadas no nos benefician.” Demasiado humilde para protestar contra las leyes las toreaba hasta donde sabía. Los pobres actúan de este modo.

También les comenté a las dos lo ocurrido en el mercado Garay; les señalé la grata impresión que me produjo ver los precios de los productos marcados en las pizarras. Me desengañaron; estaban escritos para los inspectores que vinieran a realizar comprobaciones; cuando era el consumidor quién preguntaba los artículos se encarecían. “No hay que hacer caso de la pizarra; siempre son más elevados”.

Raúl llegó con la noche aposentada sobre Guayaquil; un rápido cambio de vestimenta y nos largamos a disfrutar de una hamburguesería que conocía en el sector de Urdesa Central, “el barrio pelucón en los 80”. Por sus calles no se respiraba tanto humo y las aceras estaban más limpias y cuidadas. También pude ver otros gringos, lo que era una novedad para mí, pues estos se notaba que vivían en la urbe costeña. Como mucho, sólo había visto turistas.

En el local, de precios casi europeos, conversamos sobre la política de Correa, dios y la ciencia y la historia de Ecuador. Magnífica charla que nos distrajo de la rutina diaria. Valeria se quedo frita con nosotros aburrida de escucharnos.

Al regreso, hacia las once, empezó a lloviznar, en una ráfaga continua que ya no pararía en toda la noche. Es una lluvia extraña: las gotas son diminutas pero en una densidad altísima por metro cuadrado. No notas que te empapas hasta que pasa una hora o más.

Durante la vuelta Raúl mencionó a un locutor de radio al que valoraba en su aspecto personal e intelectual: Roberto Bonafont. Su programa de radio se llama “Pateando tachos”, y está dedicado a la crítica de fútbol, deporte rey en Ecuador. Siendo Raúl un futbolero de pro, “emelexista” para más señas, y conociendo la aversión que le tengo a este deporte, precisamente por ello me lo nombró, juzgaba sus crónicas deportivas de lo más interesantes y sugestivas, pues mezclaba la historia, la poesía y la música con la narración de un partido de fútbol.

En su cuenta de twitter (@robertobonafont), plagada de frases literarias e informaciones deportivas principalmente, tiene algo más de 125.000 seguidores y es columnista del diario Expreso. Se le conoce como “el poeta del fútbol”; tiene un blog y se puede escuchar su programa en Diblu FM; por inet a través de TuneIn

Dejo un enlace a una entrevista donde expone su personalidad vivaracha y sin amarguras.

Hay gente que tiene resentimiento social, yo no lo tengo ni con la gente que me odia; no les tengo bronca porque sino estaría llevando el cadáver en el hombro y los gusanos terminan comiéndome”. Roberto Bonafont.

http://www.ppelverdadero.com.ec/especial/item/vivo-del-microfono-desde-los-10-anos.html

Lectura recomendable cien por cien. Gracias Raúl.

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