GUAYAQUIL TIENE HISTORIAS QUE CONTAR (11 a)


A las nueve y media ya estaba esperando El Negro, en su coche, frente a la casa. Un poco más tarde salimos, ya preparados, para visitar el Parque Histórico de Guayaquil.

Quise aprovechar el recorrido pidiéndole al primo de Richard que nos llevase primero a alguna librería donde adquirir una guía de Guayaquil o Ecuador.

Su familiar conocía una por las afueras de la ciudad, que era bastante grande dedicada, sobre todo, al comercio de libros para escuelas. Nos lleva hasta allí primero; entro acompañado de los demás. Hablo con la dependienta y me muestra todo lo que tiene respecto al tema que busco. Nada me convence ya que no se parecen a las clásicas guías de viaje; finalmente, me decanto por las de “Ecuador” y “Guayaquil” de la editorial Produguías por ser las más actuales (enero del 2007). Al elegirlas le digo a la dependienta que me cobre; entonces la joven me indica que debo ir a la caja de Tesorería con un ticket que me facilita donde consta el precio y demás. No entiendo nada, pero procedo como me dice; me voy al centro de la librería a un mostrador alto, tipo armario, acristalado en su mitad superior como una ventanilla bancaria, detrás de la cual una mujer, de mediana edad, revisa el ticket y las guías que le acaba de dar la empleada en el mismo instante que llego yo. Tarda un rato en comprobar que todo es correcto y me cobra. Entonces me dice que debo ir a la supervisora con otro ticket del recibo para mostrárselo. “¿La supervisora; qué supervisora?”, preguntó. “Detrás suyo”, me responde. Me giro y veo otro mueble acristalado bancario. Voy hasta allí y otra mujer, ya una veterana, observa este segundo ticket con detenimiento; lo compara con el primero y colige que todo está en orden; me devuelve un tercer ticket para entregarlo en tesorería. En este punto me pregunto si estoy cometiendo un delito: yo sólo quería adquirir un libro. Le doy el tercer ticket a la cajera; apenas lo mira y me da las dos guías.

Mientras salía del local maravillado del acto de comprar no pude evitar las comparaciones. No había nadie más que nosotros comprando. Me-nos-mal. Pensar que en España sólo necesitan una empleada para todo este trabajo que han hecho tres y, además, en la tercera parte del tiempo; tuve la impresión de la inmediata necesidad de tecnología computarizada en las empresas ecuatorianas.

Las guías tampoco eran útiles: venían los hoteles y teléfonos, pero no precios, descripciones (no se indicaba si tenían agua caliente/aire acondicionado; si eran habitaciones individuales, etc.) ni habían fotos. Los mapas estaban bien pero con poca información turística: unos simples iconos sobre los sitios de interés. Parecían más mapas de carretera. Puf, al país le hacía falta un lavado de cerebro. Por otro lado, si eran necesarias tres personas para hacer la misma tarea que una sola, es que aquí nadie se fía del trabajo de los demás. Con el tiempo he podido leer que algunos empresarios ecuatorianos contratan a más personas de las que necesitan para dar trabajo; pero eso también quiere decir que pagan poco.

Hoy día, sin embargo, esa actitud está cambiando, al menos a nivel gubernamental: decir solamente que en el año 2012 se ha instaurado un servicio centralizado computarizado de atención ciudadana para cualquier emergencia que tenga alguien: el 911. Un número único que hasta esa fecha no existía en el país. Ignoro si el servicio presta atención en inglés.

Montamos en el coche y nos largamos: íbamos retrasados con el plan previsto para el día.

El Parque Histórico es una extensión de 8 hectáreas que se sitúa en la península de La Puntilla (cantón Samborondón colindante con Guayaquil), entre los ríos Daule y Babahoyo que forman el Guayas a su paso por Guayaquil, prácticamente una gigantesca zona de lujosas urbanizaciones amuralladas con garitas de vigilancia y cámaras de seguridad a la entrada de cada una de ellas. Algunas son palacetes por su tamaño y jardines; otras son un conglomerado de edificios unifamiliares duplex al estilo estadounidense de los suburbios residenciales; según el precio variaba el tamaño de la residencia. De 40.000 a 500.000$ la media de unas y otras. Tardaríamos un cuarto de hora en llegar atravesando el río Daule. Cruzamos el puente Rafael Mendoza Avilés, inaugurado en 1970. En realidad eran dos puentes: de Guayaquil a La Puntilla; La Puntilla a Durán (frente a Guayaquil); un tercero se estrenó en 2006, paralelo al Mendoza Avilés, para aliviar el tráfico procedente de Samborondón, básicamente el de los residentes en La Puntilla, al ser la única zona urbana del municipio pues el resto son poblaciones rurales dispersas con poca densidad de habitantes. Hoy día son cuatro los puentes que atraviesan el Daule y el Babahoyo bajo un único nombre que sirvió para agruparlos y, de paso, eliminar la antigua designación, inapropiada e injusta, según el gobierno de Correa.

Esa mañana, leyendo El Universo, le pregunté a Adriana cómo llamaban en Ecuador a los niños bien; los hijos de papá, la clase ricachona que suele tener su propio acento, los que en España llamamos “pijos”. Me respondió que “aniñados”; no percibí en la palabra ni la misma sonoridad que pijos ni se parecía a otras que conocía del léxico ecuatoriano con más garra y, caray, con más determinación para fijarse en la memoria. Chucha. Luego me enteraría de otra que sí hacía justicia a la impudicia del rico: “pelucón”. No hizo falta que nadie me explicara nada: era perfecta y entendible a la primera. Desde luego suele usarse en sentido peyorativo. Faltaría más.

El cuarto puente se estrenó en 2011 y al complejo vial se le llamó Puente de la Unidad Nacional por votación popular.

Lo de popular tiene mucho que ver. Durante el acto de inauguración, Correa “recordó que la ‘peluconería guayaquileña’ prohibió el paso del transporte público sobre el puente para beneficiar a los vehículos particulares de los barrios pudientes de La Puntilla” 1. No es nada sorprendente; debe tenerse en cuenta que este puente se construyó, precisamente, porque los pelucones deseaban huir de Guayaquil por la ingente inmigración habida en la década que va de los 50 a los 60, y que ya rodeaban los barrios señoriales de la urbe. Para ello se diseñó y construyó el complejo residencial de La Puntilla, en Samborondón; a tiro de piedra de Guayaquil pero sin puente significaba un rodeo larguísimo para llegar a la urbanización. En ningún momento se pensó en los habitantes de Durán, en la otra ribera del Guayas, que también crecía a gran ritmo poblacional y era la estación termino del tren que venía de Quito. Tal es así que la comunicación entre Durán y Guayaquil se efectuaba mediante gabarras, “viejas lanchas de desembarco de la segunda guerra mundial adaptadas”, que transportaban personas, vehículos y mercaderías de una ciudad a otra por el río Guayas. El puente se construyó por empeño de las clases adineradas, pero no deja de ser alucinante la cortedad de miras de los políticos ecuatorianos del siglo pasado. Sin ese puente Guayaquil seguía aislada del resto del país, y viceversa, y no parecía importar a nadie. No importaba porque Guayaquil era el principal centro de importación, exportación y distribución de mercancías de Ecuador, es decir, el “Puerto Principal”. El 70% representa hoy día. No, a las familias peluconas no les importaba. Nadie ha hecho más por difundir este palabro que el propio presidente.

El Parque Histórico da a la vertiente del río Daule y se accede fácilmente desde la carretera. La entrada familiar costaba 7$, y la individual 3$. Al entrar nos ofrecieron la posibilidad de un paseo con guía, lo cual aprobamos encantados y titubeantes; dicho servicio entraba en el costo de la boleta. Actualmente la entrada es gratuita, por el momento, y el servicio de guías sigue existiendo aunque se ha reducido su número.

Este magnífico parque era un espacio privado que pertenecía al Banco Central de Ecuador o al Banco Central de Guayaquil, y se creó a finales de los 90 para preservar históricos edificios del Guayaquil antiguo. En octubre del 2010 pasó a depender de la administración pública por una ley que excluye a los bancos de cualquier actividad no bancaria.

Iniciamos el recorrido por un sendero de planchas de chanul, que se elevaba un metro sobre el suelo. El informador explicaba los diversos tipos de plantas, flores y animales que veíamos a nuestro paso. Mayormente es manglar lo que constituye la masa forestal del Parque Histórico; lo transitamos en una paz única alejados del mundanal ruido de cualquier ciudad; quizá también tuviera que ver que fuéramos los únicos visitantes en aquella tranquila mañana. Toda una sorpresa que devino en deleite amplificado por ciertos imprevistos que animaban el sosiego del lugar.

Un papagayo con las alas, espalda y cola azules; pecho y patas amarillas y cabeza verde nos salía al paso, graznando desde una rama que atravesaba el camino; se nos acercó y se dejaba fotografiar andando por la balaustrada; y hasta acariciar aunque sus grandes picos imponían respeto.

Luego vendrían grandes mamíferos como el tapir, pecarí o saíno y el venado de cola blanca que se colocaba a tu lado pudiéndose mesar su piel. El oso perezoso se mostraba ejercitando su postura favorita y la curiosidad de todos tuvo que reemplazarla la imaginación y nuestro guía. No estábamos para molestar; las que sí reclamaban atención eran las loras, de color verde en su totalidad y gran tamaño, y no eran las únicas. Otros papagayos como el sr. azul amarillo del principio se contoneaban y hacían arrumacos sin exhibirse. Los pájaros constituyen unos 50 ejemplares de especies frente a la treintena del resto (ocelotes o tigrillos, caimanes, tortugas, monos, etc.). Sin embargo, no pudimos ver el ave más grande de Ecuador, proveniente de las profundidades del Amazonas: el águila arpía, una excepción dentro del recorrido del PHG pues la mayoría de los animales son representativos del litoral ecuatoriano.

Tampoco pudimos acceder al mirador de 10 metros desde el cual contemplar el bosque y hacerse una idea de la grandiosidad del mismo. Una pena en ambos casos: una nidada y una avería lo impidieron.

Panorama faunístico PHG

Panorama faunístico PHG

Terminamos el trayecto, de unos 30 minutos, frente a lo que parecían antiguas casas señoriales. Antes de abandonar el sendero le hice una pregunta al informador acerca de la conservación de los ecosistemas costeros en Ecuador. Tenía la creencia de que un país con escasa industrialización conservaría una naturaleza virgen.

Dos tercios de los bosques originales del litoral han desaparecido.

Debió notar mi cara de estupefacción; también me quedé sin habla.

El principal causante es la industria del camarón con la tala indiscriminada del manglar para la construcción de las piscinas donde cultivar el langostino como lo llaman ustedes. Es un producto de gran exportación sólo por detrás del petróleo y las remesas de los emigrantes.

Si albergaba algún interés en visitar la costa ecuatoriana aquella noticia la mató del todo. No me apetecía ver lo misma destrucción de las playas que hubo en España ni zonas costeras plagadas de pisos; esperaba terrenos vírgenes para visitar; no edificios, y menos aún industrias que esquilmasen la selva y bosques del país.

– ¿Existe algún plan para recuperar los bosques de manglar?

No se lo conoce. El manglar todavía se halla en buen estado al sur y el norte del Ecuador.

Los números actuales son más desastrosos; algunos calculan la pérdida entre un 70% y 80%. Otros la cifran hasta en un 90% en algunos estuarios.

Desde fines de la década del 60 se inicia la destrucción del ecosistema manglar por la industria camaronera. Se estima que hasta el año 1987 existieron “362.802 hectáreas de manglar declaradas como bosques protectores”. Para el año 2000 se habían reducido a 108.000 hectáreas. 2 y 3

El gobierno correísta inició en octubre del 2008 la regularización de la acuicultura que se ajustase a unos patrones legales; un plan de reforestación y no concedió más permisos para el cultivo del camarón. 4

Finalizado el recorrido faunístico nos adentramos en otra visión del complejo turístico: la zona Urbano-Arquitectónica donde lo primero que veías era un conjunto de establecimientos.

– ¿Y estas casas de madera? – pregunté.

Representan la arquitectura de Guayaquil hacia 1900 con los edificios más ilustrativos: banco, hotel, hospital; se construían talando los árboles de los alrededores.

No salía de mi asombro. Relacioné al pronto los índices de población de la ciudad con la utilización intensiva de la madera que requeriría semejante tipo de construcción. No me cuadraba la extensión y población del Guayaquil actual; el de hace 100 años con un vasto uso de ese material.

Pero yo no he visto ni un sólo edificio de madera en la ciudad.

Eso es debido a los incendios. Guayaquil ha sufrido una docena de incendios en su historia, tres de ellos graves, el último de los cuales devastó la urbe en 1896 conservándose únicamente parte del barrio de Las Peñas.

En 1780 Guayaquil tenía de 6.000 a 6.629 habitantes tras el incendio del 10 de noviembre de 1764; en 1795 tenía un máximo de 9.500 habitantes ascendiendo la población a 13.700 en 1804. 5

Guayaquil 1780

Ilustración de Guayaquil en 1780 ; la ciudad vieja estaba en los cerros cercanos – Cortesía del Museo de Guayaquil – www.museodeguayaquil.com

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