PRIMER DÍA (10 b)


Vámonos muchachos – dijo Juana saliendo de su casa en referencia al corrillo que habíamos formado Richard, yo y Marco.

Ella, Adriana y Ramón, que iba con la pequeña Janet, pillaron un taxi regateando en poco tiempo. Yo me iría con Richard y Cuqui. Richard intentó negociar el precio del taxi sobre el dólar y medio, pero no hubo tu tía; los taxistas no bajaban de los 2 dólares; quizá el hecho de que yo estuviese cerca o la manera de expresarse de Richard le delatase como un forastero aunque él intentaba potenciar el acento guayaquileño. A veces no basta. Al final tuvimos que pillar un taxi por 2 dólares que nos llevó hasta el punto de encuentro acordado con sus padres, cerca de un parque céntrico de la ciudad.

Cuando llegamos al sitio intenté ver si había alguna librería para comprar un libro de calles de Guayaquil y, también, de Ecuador, lo más similar a una guía de viaje. No me había traído ninguna y sabía que me haría falta una.

Desde allí caminamos, siguiendo todos a Juana, como los patitos a la señora madre, en fila india, hasta una tienda de alquiler de vestidos para eventos bbc (bodas, bautizos y comuniones como se conoce en el mundillo fotográfico). Al elegir el traje, y puesto que los demás escogieron tonos blancos y claros, me decanté por una americana y pantalón gris y camisa negra (supongo que por la canción de moda en aquel entonces del cantante colombiano Juanes). La vendedora nos tomó las medidas y le indicó a Juana que se pasase dentro de unos días. La boda eclesiástica era el sábado 12 de mayo.

Tienda de ropa interior por el centro de Guayaquil

Tienda de ropa interior por el centro de Guayaquil

Luego nos acercamos andando a la zona más turística de Guayaquil: el Malecón 2000. En realidad su nombre es malecón Simón Bolívar pero la remodelación del año 2000 popularizó la otra denominación.

Al llegar frente al malecón, en el tramo sur del mismo, por la calle José Joaquín de Olmedo, nos tuvimos que parar: la causa era un paso de cebra que no respetaba ningún coche y, más ilógico, no había ningún semáforo, pese a ser una calle que daba acceso al inicio del malecón y estar, por tanto, repleta de vehículos. Era un contrasentido; si un peatón o un turista deseaba ir al malecón no podía al impedirlo la densa circulación vehicular. Me fastidió tal comportamiento y decidí adelantar un paso, pero Juana me agarró de un abrazo.

Espérese. Aquí no es como en Barcelona; los carros no respetan a los peatones ni las señales de tráfico; hay muchos accidentes pues los carros no paran.

Obedecí unos minutos, pero me cansé de esperar: ni un sólo automóvil hacía caso de las personas que permanecíamos junto al paso cebra. Crucé y un par de coches tuvieron que parar obligando a los que venían detrás a detenerse; me siguieron una señora con su hija; Juana y los demás también se animaron a cruzar pero con prudencia. Ellos sí conocían el comportamiento de los conductores guayaquileños.

Una vez en el paseo escogieron un restaurante-marisquería próximo al inicio sur del malecón pues allí habían quedado con Raúl para recogerles más tarde. Tomamos banderas con menestra y ensaladas si mal no recuerdo. Terminados de comer a Juana y los demás no les entusiasmó el sabor del menú ni su preparación. Venía a ser, para entendernos, un local que estuviese en Las Ramblas de Barcelona u otra ciudad con su calle principal. El menú rondaría, si no recuerdo mal, los 6 dólares, pero como desconocía si sería un precio caro, medio o barato no podía juzgar la relación calidad/precio.

Durante la comida se acercaron unos niños descalzos a vendernos unos caramelos Noé de 25 centavos cada uno. No tendrían más de 5 años, y por sus rasgos físicos debían ser hijos de indígenas serranos; no serían los últimos que vería en la mestiza Guayaquil.

Raúl vino a recoger a Adriana y sus padres hacia las dos y media; tenían una cita, a las tres, en los juzgados para casarse por lo civil. La ley exige que siempre haya una boda civil para el registro oficial, luego pueden casarse los contrayentes por la religión que consideren.

Mientras, Richard, yo y Cuqui nos dimos una vuelta por el sector de Bahía, el gran centro comercial al aire libre, de tiendas de ropa y tecnología, situado cerca del malecón, y muy popular en Guayaquil. Se puede decir que es todo un barrio. Uno de los lugares más típicos de la urbe. La clase media compra bastante aquí al ser sus productos más económicos y fácil de encontrarlos.

La Bahía (Guayaquil)

La Bahía (Guayaquil)

Richard, un poco antes de acercarnos, me advirtió que los vendedores alzan los brazos para llamar la atención y dirigir la vista hacia ellos; y, por otro lado, habría que regatear pues el primer precio suele ser desproporcionado. No le creí, pero fue llegar por un extremo y venir los vendedores y atraernos al interior de los pasillos que forman las tiendas. Parecía aquello un documental hindú con tantos brazos jalando de nosotros dirigiéndonos a un puesto u otro. Vi un pantalón bermudas de la marca Quiksilver que me gustó; me vendría bien para caminar por la ciudad; pedían 40$. Richard, antes de que dijese nada, ya le respondió al jefe haciéndose el remolón y sondeó otros precios. Al no ceder estos fuimos a otro puesto y encontramos el mismo pantalón a 20$. Intentamos negociar un valor más bajo, de 10 a 15$ pero no hubo fortuna; al final lo compré por 20$ porque, de todos modos, me parecía buen precio y no me gusta el regateo. Sin embargo, al encontrarme luego con Adriana y Juana les pareció un precio excesivo, y me aconsejaron regatear con insistencia. Mucha de la ropa exhibida son marcas falsificadas y se importan, bastantes, de Perú; aunque su origen sea, por supuesto, chino. Aún así reconozco que me pareció una buena prenda la compra y, en Barcelona, costaría unos 40€. La verdad es que no sé quién y dónde roban más.

Luego nos dirigimos al Malecón 2000 haciendo turismo; pero el cansancio o la comida pudieron con ambos al poco rato, y regresamos en taxi regateando nuevamente: los taxis en Guayaquil no tienen taxímetro, y si lo tienen no funciona. La mejor opción es negociar el precio del trayecto siempre por anticipado antes de subir al taxi.

Hoy día sigue prácticamente igual. En un artículo del periódico El Telégrafo, de diciembre del 2011, se advierte que la idiosincrasia de la ciudadanía guayaca es de no fiarse del taxímetro. Como dice un taxista: “A mí me daría igual usarlo, pero la gente se niega, están convencidos de que la carrera les va a costar más o de que se les va a estafar”. 5

La ley obliga a usar taxímetro, pero ya se ha hablado del ser sabido en Guayaquil. Nadie quiere sorpresas. Sin embargo, los extranjeros sí piden que se les facture con taxímetro. Hay alguna diferencia cultural con Quito, pero tampoco es que sean cumplidores al 100%. No obstante, los precios oficiales eran a finales del 2011: “La tarifa diurna (05:00 a 22:00) contempla un arranque del vehículo por 0,35 centavos de dólar,  0,26 por cada km y 0,06 por cada minuto de espera”. 6

El regreso a casa costó 2 dólares; en tiempo venían a ser de 10′ a 20′ de recorrido. Está bastante generalizado este precio para cualquier trayecto medio por la ciudad (en el 2007); aunque una tercera parte de los taxistas cobraban dólar y medio los forasteros no solían obtener esa gracia.

Al igual que en España, los taxistas guayaquileños son avispados y, si notan que eres forastero (da igual si nacional o extranjero) alargarán el recorrido para cobrarte más en caso de utilizar el taxímetro; método que también se aplica en Quito, quizá en menor medida. De momento, hasta que cambie la actitud ciudadana; haya más control administrativo de los taxis y campañas informativas de los costes de un trayecto, lo mejor es tener ese precio de 2 dólares in mente. Leer ese artículo de El Telégrafo también es una magnífica orientación, aparte de ser más actual.

Una vez llegados a la casa de la 11 andaban jugueteando los hijos de Bolivia, Anthony, de 12 años, y Joel de 8, con una pelota de fútbol. Nos sumamos Richard, yo y el hijo de Félix, Félix Jr. que regresaba de la universidad donde estudiaba periodismo. Como no hacíamos un conjunto invitamos a Marco, el frutero, a jugar con nosotros una partida de fútbol indoor, popular deporte entre los ecuatorianos junto al fútbol y el balonvolea o voleibol o ecuavolley en modalidad de 3 contra 3. El hombre decidió apuntarse; ya las cinco de la tarde es una hora próxima al anochecer; plegó la lona sobre la camioneta y se nos unió. Estuvimos algo más de media hora larga dándole a la pelota en la acera. Habían dos aceras: una, la de la casa, con el voladizo del techo haciendo de porche; la otra, la construida por el Cabildo, así que había espacio suficiente aunque si venía alguien deteníamos el juego para dejarle pasar.

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