Primer día (10 a)


Vista desde la casa de la 11

Vista desde la casa de la 11 a las 7 a.m.

Los cláxones de los vehículos eran la alarma del despertador en Guayaquil. A las seis se alza el sol y a las siete se inicia el caos de pitidos a cual más variado. Era tendencia usar sonidos repetitivos de varias notas, tipo sonido de móvil o recordando una canción de película; los silbidos a chicas bonitas estaban entre los más utilizados.

Este último sonido fue el que usó, repetidas veces, el conductor de un turismo, normal y corriente, para pitar a un mastodonte de dos cabinas cuyas ruedas se colocaban a la altura del capot de su coche; aparte de gracioso, producía una imagen incrédula. El dos cabinas ni se inmutó ni se apartó, la verdad; se quedó en medio del cruce hasta que le pareció prudente salir. Habían otros monstruos más fieros que él en las calles: las busetas.

Salí de la casa para hacer un poco de gimnasia por la mañana. Serían las 7.30 cuando comencé a correr alrededor de la manzana de la cual formaba parte la casa de los hermanos Castellanos; corrí lo suficiente pero la contaminación de los coches dejaba escaso oxígeno para cualquier ejercicio que no fuese caminar a paso lento.

El hecho es que Guayaquil es una ciudad de cielos abiertos; no como Barcelona u otras ciudades europeas; sus edificios altos se concentran en el centro, así que no me explicaba tanta densidad de humo de los tubos de escape de los automóviles, sobre todo, las camionetas, furgonetas y otros vehículos de transporte. No es menos cierto también que en esta zona de la ciudad, y en casi todas la parroquias de alrededor, apenas hay árboles. Los eché muy de menos.

Tras unas 10 vueltas correteando lo dejé por irrespirable: la calle Ayacucho es vía vehicular de 4 carriles por donde muchos ecuatorianos regresan a sus casas de trabajar, y es zona de paso hacia el puente de la 17 que comunica con la otra orilla del Estero Salado; para compensar ejercité más tiempo de musculación con cuerdas elásticas y, luego, a desayunar un poco.

En Guayaquil hay ciudadelas (quizás el término más parecido a un barrio o urbanización) y calles que se dedican a un negocio concreto; en Ayacucho predominaban los talleres de reparación de coches y camiones; las tiendas de repuestos de automóvil y negocios varios como badulaques, en los que no puedes entrar, tienes que pedir desde la ventanilla enrejada; y las cyber cabinas o cabinas telefónicas (locutorios en España) cuyo negocio principal eran las llamadas al extranjero y, en menor medida, internet, el cual usaban, básicamente, los menores de 20 años; muchos ofrecían también ventas tarjetas prepago, bebidas, chuches, etc. De hecho, ahí está la ganancia.

Tras desayunar con la familia se establece un protocolo de actuación del día; primero de todo: encargar los trajes para la boda. Juana no quería postergar ni una hora tal misión, pero no podíamos contar con el coche de Raúl puesto que lo utilizaba para ir a trabajar.

Mientras establecían un plan alternativo salgo afuera a sentarme en mi taburete favorito lo que indicaba que la familia de Marco también estaba despierta. Un saludo breve a la familia y me siento a observar el trajín de la ciudad; al poco acierta a pasar un vendedor ambulante de periódicos, quise pillar El Universo del cual Raúl me había hablado bien, pero no tenía variedad: sólo El Extra. 30 centavos.

Empecé a ojearlo y su temática principal eran artículos de asesinatos y robos sangrientos con imágenes impactantes y de generosas dimensiones. Dos, tres fotos podían componer una página. No me extraña que la peña esté atemorizada. Adriana salió de la casa y me vio con el diario; hizo el gesto de escurrir ropa y me dijo “el diario que lo apretujas y sale sangre”. Sí, tenía toda la razón; era un equivalente, quizá más sanguinolento, de otro periódico español extinto: El Caso. Tenía pocas páginas, y la foto de contraportada era una tía buenorra ligera de ropa que contribuía a que fuera de los diarios más vendidos, a pesar de que no hay datos oficiales de ventas de diarios y revistas en Ecuador. No obstante, si se ojean las visitas que tiene en su sitio web, cualquier reportaje supera con creces a los artículos vistos de El Telégrafo, El Universo y El Comercio juntos, tres de los principales diarios en Guayaquil y Quito.

Cuando pregunté acerca del tema de estos asesinatos que leía en El Extra bastantes ciudadanos achacaban su origen probable a los colombianos y sus métodos delictivos tales como el sicariato: cobro de deudas so pena de muerte baleado era la causa más probable. El préstamo de dinero a los chulqueros y el cobro semanal van de la mano; las consecuencias de los impagos no son nada halagüeñas.

Tras su rápida lectura, unas 20 páginas, observé que una camioneta de una cabina aparcaba justo enfrente de casa, en la esquina de Ayacucho con la 11. Las aceras son anchas, y también el trozo de calle para aparcar, así que tenía espacio de sobras para dejar el automóvil. El conductor salió; se dirigió a la parte posterior del vehículo y abatió la puerta trasera. Entró al interior de la caja recubierta por una lona que ocultaba los sacos de diversos frutos, principalmente vendía naranjas, mandarinas y mangos; pesos variables de 2kg. a 5 kg. y hasta de 20 kg. si bien la medida de los pesos se expresan en libras y otras unidades de medición anglosajonas.

Salió Marco y charló con él; resultó que se llamaban igual; el hombre se dedicaba al negocio informal, esto es, la venta sin pagar impuestos. Es lo que se conoce en Guayaquil, y en todo Ecuador, como “un comerciante informal” también se referencia como “trabajo informal” según la Organización Internacional del Trabajo. Este es un grave problema no sólo de Ecuador sino de toda la América hispana.

Los informales sólo pagan el impuesto por el uso de la vía pública al contrario que los formales, es decir, los negocios legales que sí tributan una serie de impuestos, pero es bastante posible que un porcentaje considerable no paguen ni siquiera este impuesto. Dependerá del tamaño del tenderete y de la movilidad para desplazarse de una esquina a otra en la ciudad. 1

En 2009 Ecuador tenía un 43% de su población en el comercio informal según el gobierno.2 El Universo publicó los siguientes datos en abril del 2012 acerca del número de informales en la ciudad:

Él es una de las 626.369 personas que se dedican al comercio informal en el Puerto Principal, según datos del Instituto Ecuatoriano de Estadística y  Censos (INEC) a diciembre del 2011. De esta cifra, 81.119 son personas de 10 a 24 años; 177.579 de 25 a 39; 212.751 de 40 a 54; 107.381 de 55 a 64 y 47.540 de 65 años o más”. 3

El índice se mantiene regular con los años: “En el Ecuador, el 44,1% de los ocupados trabaja en el sector informal mientras que en el Distrito [Quito] este porcentaje llega al 34,7%. (mayo 2012) 4

Marco sacó otro taburete y se sentó a mi lado. Charlamos un poco del país y con el frutero. Yo me fijaba en los carros, las busetas (así se conocen a los autobuses urbanos; tienen diferentes tamaños y se les reconoce por sus dos franjas horizontales: blanca (arriba) y azul marino (abajo), las camionetas, las pick-ups o cabinas; los Opel Corsa tenían el nombre de Chevrolet; los coches familiares Hyundai, en fin, la vista puesta en los vehículos que circulaban por la calle Ayacucho.

Manu. Fíjate. Mira – me dijo Marco dándome con el codo.- ¿Te fijaste cómo bajó aquel señor de la buseta?

No, no, la verdad es que no, Marco.

Tú espera y verás – dijo guiñándome el ojo. Al poco pasa otro de esos autobuses. Marco me dice que ponga atención a la puerta del conductor. – ¡Mira! ¿Te fijaste cómo bajó la persona?

Sí, con el bus en marcha.

Así hacen aquí. Tú lo tienes que coger cuando vaya despacio porque no pararán.

Llevaba ya un rato mirando a un par de mujeres que estaban quietas en la esquina opuesta, junto al semáforo; supongo que están esperando una buseta cuando esté en rojo.

Así es.

Pero ¿no hay paradas de autobús?

Tú los llamas alzando el brazo; pasan por tu lado y te agarras al asidero exterior que hay en la puerta del conductor. Verás que siempre la tienen abierta.

Pero aquellas personas sin agilidad suficiente no podrán acceder. No sé, me parece injusto.

Lo que ocurría es que, independientemente de que hubiesen paradas de autobús o no, los buseteros aprovechaban para recoger a potenciales pasajeros durante su recorrido. Esto tenía que ver con el peculiar modo de trabajar de las cooperativas de buses el cual ignoraba en aquellos momentos.

(>)

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