EL DÍA MÁS LARGO ES OTRO MUNDO (9)


En el momento del aterrizaje en Guayaquil le pregunté a Juana por el nombre del aeropuerto, pero no estaba segura si era Simón Bolívar o José Joaquín de Olmedo. Ella había viajado en el 2004 y, entonces se llamaba Simón Bolívar, pero el Municipio lo cambió por el de José Joaquín de Olmedo.

En el momento de pasar la aduana la funcionaria, en plan militar, hizo un breve interrogatorio disciplinario. A la pregunta del motivo de mi viaje me hubiera gustado decir “viajar para conocer el país”, pero la actitud no era de bienvenida, sino de mosqueo, así que lo dejé en un escueto “turista”. No quería problemas por congraciarme con las respuestas.

Sin embargo, no me pidió la tarjeta de “Declaración aduanera para pasajero” que me dio una azafata, informándome que era obligatorio cumplimentarla, justo antes de empezar el aterrizaje y donde consta el lugar de hospedaje. Me selló el pasaporte con la entrada a Ecuador a las 18:51.

Tras una espera eterna para recoger los equipajes a Marco no le salían las cuentas. Faltaba una maleta, Marco me indica que hay que estar atentos, algunas se “pierden”. La desconfianza del ecuatoriano medio versus los servidores públicos es antiquísima, sobre todo, los relacionados con funciones de seguridad.

 La coima, como se denomina al soborno, está a la orden del día, pero ¿es tan grave realmente? ¿lo impregna todo la corrupción? ¿quiénes son más corruptos, y de qué cantidades hablamos?

Todos fueron yendo hacia la salida aunque esperando a ver si Marco localizaba el equipaje extraviado. Al final no fue posible y quedó en que iría mañana a preguntar.

Ya camino de la sala central observé caras de alegría entre el público y saludos de Juana y Ramón hacia algunos. De todos los presentes aquel día al que reconocí, sin dudar, fue a Goyo, uno de los 8 hermanos de Juana; era el que más se parecía a su padre, el retrato del cual había visto innumerables veces, al lado de su mujer, en una fuente pública en Ríobamba.

Estaba también Richard, que llegó el día anterior en otro vuelo, junto a su novia de entonces, Cuqui, una española con la que había tenido una hija, Janet. Al lado de los 3 figuraba Ángel, su primo al que ya conocía de Barcelona.

Ángel era el hijo mayor de Mirella, la hermana de Graciela y prima de Juana, y tendría unos 21 años, la misma edad que Richard. Toda la familia vivía, más o menos, próxima.

Al tomar la salida del recinto principal, una vez efectuados todos los saludos, nos golpeó, literalmente, y fue un buen puñetazo, una masa de aire caliente, que se dejaba traspasar, a condición de impregnarte de calor toda terminación nerviosa. No me esperaba tamaña diferencia de temperatura con el exterior. Me costaba respirar al principio.

En varios vehículos nos dirigimos a Ayacucho con la 11. Los nombres de las calles, hasta hacía bien poco, mezclaban los numerales con nombres propios. Pero, ya en 2007, las normas municipales, señalaban la obligatoriedad de mencionar las calles por su nombre y no por el numeral. En este caso la 11 era Federico Goding; es solo que la costumbre de la nomenclatura anterior permanecía en la mente de muchos ciudadanos y aún hoy día sigue perviviendo.

Era increíble circular por la Avenida de las Américas con aquella cantidad de carriles y la ingente masa vehicular.

El aeropuerto, completada una remodelación en julio del 2006, dista unos 5 km. al norte del centro de la ciudad, y esta avenida nos llevaba directamente casi hasta la calle Ayacucho por donde nos encaminaríamos hasta la 11.

Lo primero que me llamó la atención fue ver a las personas que iban en los llamados vehículos de 1 y 2 cabinas, según tuvieran 2 o 4 puertas, 4×4 descapotables o pick-ups. Se sentaban en la parte trasera, al aire libre y les transportaban a diversos puntos de la ciudad. Lo comparaba con las normas circulatorias de Barcelona y estaba estupefacto pues salvo algún documental, de borroso recuerdo, no lo había visto jamás en persona. Me fijé en las anchas aceras y calles, comparando nuevamente con Barcelona, las envidié. Tenía Guayaquil un estilo de ciudad estadounidense.

Eran pasadas las 19.00 h. aproximadamente y anocheciendo.

Nuestra dirección era Ayacucho, 3903, al oeste de la ciudad, en el sector Febres Cordero, uno de los 74 en que se divide, demográficamente, la ciudad de Guayaquil, integrados en 16 parroquias urbanas, que es la división territorial, de la que la Febres Cordero es la tercera más poblada de Guayaquil aunque no la más extensa. El sector en el tendría mi estancia, en los próximos días, estaba habitado por clase media trabajadora y clase humilde; a unos 10 minutos, en coche, del centro y a pocas cuadras del Estero Salado, uno de los brazos de mar que penetra en Guayaquil imponiéndose como límite al oeste teniendo el río Guayas como frontera al este.

Guayaquil, sin embargo, ha crecido, sobre todo, de Norte a Sur.

División territorial de Guayaquil

División territorial de Guayaquil

[ Ilustración cortesía de Sageo. + i > wikipedia.org]

Llegaríamos al hogar poco antes de las 19.30h; allí fuimos recibidos, por los que quedaban, a la luz del sol que se extinguiría en minutos. Se había reunido una buena cantidad de familiares, pero así como los padres de Juana habían tenido 8 hijos, ellos no pasaban ninguno de tener 2 salvo Marco y Rolaida que eran 3.

Al saludarse se presentaban con la forma verbal de usted, incluidos los más pequeños. Me chocó tal tipo de saludo. Allí estaban todos los ñaños (hermanos, primos y, a veces, amigos de infancia; designa a un familiar en quichua) mientras yo permanecía un tanto alejado de todos pues las conversaciones se desarrollaban a ritmo galopante. Decidí coger mi mochila y acercarme a la puerta de la casa de Juana, pero no tenía claro cuál era, pues el edificio, de dos pisos, tenía varias puertas donde vivían cada uno de los hermanos. Así lo dispuso el padre de Juana en la creencia de que viviesen los hijos unos al lado de otros.

Mientras atinaba a averiguar qué puerta podía ser vi a Juana saludando a su hermana Bolivia; cuando le dio un beso en cada mejilla, esta le espetó sorprendida: “¿Qué pasa? ¿Qué ahora somos españoles?”.

Sonreí y me alejé un poco. Dejé la mochila en el suelo, al lado de una puerta, y me mantuve a la expectativa. No hablaba con nadie porque todos hablaban con todos. No es que pasase desapercibido; mi altura y mi modo de vestir no eran los habituales, simplemente, habían motivos para celebrar esta reunión familiar donde, desde hacía años, estaban, por vez primera, la mayoría faltando únicamente las primas Graciela y Mireya y sus familias. Eran las hijas del sr. Bolívares, cariñosamente Don Bolo, con una fama de mujeriego y bebedor de talante divertido; era el hermano del sr. Rosendo, más adusto, el “papá” de Juana, Goyo, Bolivia y Rolaida, ya fallecido.

Pero allí faltaban más hermanos; me puse a recordar las fotos familiares de Juana y todos no estaban.

Asomó, por la puerta donde me había pegado como una lapa, un señor de mediana edad, unos 55 años, con grandes gafas rodeando sus ojos. Con una cerveza Club en la mano me pasó otra biela bien fresca y se quedó allí plantado a punto de hablar. Me examinó mirándome a la cara.

Y ud. ¿es español?

Eso dice el pasaporte.

Yo soy de la familia de los Castellanos – dijo con firmeza -. Nuestros antepasados tienen raíces españolas. – Me recitó un breve discurso de sus ascendientes como originarios de Guayaquil y con el trasfondo de la conquista española de América.

Desde luego tenía el verbo fácil; hacía honor a su profesión: abogado.

Félix, este es Manu – le dijo Juana, en un momento que se acercó a nosotros, pero me parece recordar que ninguno de los dos le hicimos caso alguno.

Y ud. ¿qué sabe de Ecuador?

Pues… conozco a parte de tú familia y poco más. Ni siquiera sé quién es el presidente actual.

Correa. Rafael Correa.

Lo que sucedió, a continuación, fue una de esas conversaciones que uno se llevará a la tumba como último recuerdo bajo el enunciado:

EXPLICAR PRIMERO LA POLÍTICA, luego la política”.

(1ª parte)

– sorry –

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