ANDREA (7)


Manu, despierta. Dice mi padre que te abroches el cinturón. Vamos a aterrizar. La azafata ha pasado para avisar pero le dijeron que no te despertara.

Una vez comunicado el mensaje Andrea se volvió a su asiento, en la misma fila, al lado del pasillo; ambos estábamos colocados junto a éste y separados por el mismo. Cuando quise preguntarle algo más, una vez desperezado, Andrea ya había pasado al estado de comunicación no verbal típico de ella. Le disgusta repetir un mensaje dos veces.

Aún así lo intenté:”¿Qué pasa Andrea?”. Gestos faciales levantando las cejas, abriendo los ojos, cruce y desvío de miradas; labios sellados agitados por una sinuosa corriente de aire interior; con los brazos pegados al cuerpo las manos eran marionetas, de intensa vida, que exponían una historia breve ya conocida por mí: “Siií. Ya te lo dije. No repito”.

Tras insistir y no obtener respuesta, tuve que preguntar a su padre, en el asiento de al lado, qué pasaba y obtener más información y, a continuación, típico de ella también, remarcó: “Ya te lo dije”.

Andrea era una de las dos hijas de Marco que venían con nosotros. El mayor, Marco Andrés, se quedó en España por el motivo ya indicado, y venían sólo las hijas: Enma, la pequeña, de año y medio, y Andrea, de 7 años.

Andrea se había educado en España, pues vino con apenas un año, en el 2001, así que conocía nuestro sistema educativo y cómo son los usos y costumbres aquí. Si había alguien de la familia con quien podía estar compenetrado era ella. Me llevaba genial con Richard, el hijo menor de Juana, y los demás, pero Andrea tenía la misma educación que había recibido yo en escuelas españolas; se había juntado con chavales españoles y conocía sus modos de pensar.

Si de alguien podía esperar comprensión, ante mis dudas de los usos y costumbres en Ecuador, nadie mejor que Andrea, pues tendría un criterio similar al mío al haber vivido lo mismo que yo de pequeño.

Eso no es óbice para que tuviese una similar claridad de ideas respecto de sus orígenes maternos, pero esperaba contar con su apoyo, así como también del de Richard. Los tres razonábamos con una mixtura conceptual y ética que nos permitía ver la perspectiva de ambos puntos de vista, el ecuatoriano y el español, si bien ellos partían con ventaja pues mi escaso conocimiento de la vida en Ecuador me hacía vulnerable a la opinión ajena. Por eso contaba con el apoyo tolerante, de ambos, respecto a mi comportamiento de cara a los demás miembros de la familia que estaba a punto de conocer en Guayaquil y, en general, con los ecuatorianos.

Andrea. La madre que te parió.

Ya te lo dije. No es mi culpa si no estás atento. – respondió sacándome la lengua burlona, para girarse de frente, atenta a las indicaciones de la azafata informando del procedimiento de aterrizaje.

Esta era su primera visita a Ecuador desde que vino a España, así que estábamos, si fa no fa, con las mismas sensaciones.

La percepción identitaria es un laberinto mental que entra en contradicción permanentemente, y donde la máscara y la duda son buenas aliadas. Hay un tebeo que narra este maremágnum de no sentirse de un mundo y estar en otro; saberse no igual que los demás y tener que ser igual. ¿De dónde es uno? ¿De Bélgica o de Corea? ¿De España o de Ecuador? “Tú no eres catalán; me lo ha dicho mi novio de apellidos catalanes”. ¿De dónde es uno entonces? ¿Tengo que pertenecer necesariamente a una tierra? ¿Me tienen que adoptar; tengo que adoptarla? ¿Sólo así seré? ¿Por qué tengo que ser?

Jung, historietista belga, dibuja una historia para contar su experiencia personal de niño, nacido en la actual Corea del Sur, adoptado por una familia belga en los años 70.

No es fácil adquirir una identidad cuando tus rasgos físicos te delatan; y vivirla desde niño es una pequeña odisea: amarga, valiente y decidida. Jung transforma ese viaje en un camino, aparentemente, sin salida. Un biólogo lo llamaría evolución. Si había una persona con la que podía estar compenetrado esa era Andrea.

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2 thoughts on “ANDREA (7)

    • Sócrates era partidario de la repetición, pero no siempre es buena idea. Si no, que se lo pregunten a un soldado checo de 1914.
      “Luego, cuando la comisión [de maltratos al soldado] se marchó, nuestro coronel nos hizo formar a todo el regimiento y dijo que un soldado es un soldado, que tiene que cerrar el pico y seguir su servicio aunque haya cosas que no le gusten, que si no lo que se hacía era cometer actos de insubordinación. “De modo que vosotros, canallas, creíais que esta comisión iba a ayudaros”, dijo el coronel. “¡Y un jamón que os ayudará! Y ahora todas las compañías desfilarán delante mío y repetirán en voz alta lo que he dicho”. Así pues, marchamos una compañía tras otra mirando a la derecha, adonde estaba el coronel, con la mano en el portaescopetas, y le gritamos: “De modo que nosotros, canallas, creíamos que esta comisión iba a ayudarnos. ¡Y un jamón que nos ayudará!” El coronel rio tanto que tuvo que apretarse la barriga, hasta que pasó la undécima compañía. Esta marchó con paso firme y cuando llegó al coronel, nada, silencio, ni una palabra. El coronel se puso colorado como un tomate y le mandó que retrocediera para repetirlo. Desfila y calla una hilera tras otra mirando descaradamente al coronel”.

      Ja, ja, ja. Ya sabes de quién hablo. Saludines, Andrea.

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