El tren recorre el pasado sin futuro (3)


Fue Ramón el primero que me habló del tren en Ecuador.
Ramón era y es lacónico; pero cuando le preguntan de un tema, y lo conoce a ciencia cierta, entonces se transmuta en un genio de las palabras. Sólo hay que superar dos obstáculos: hallar el estímulo que active su circuito neuronal lingüístico y ser paciente para encontrarlo.
“¿Existe el tren en Ecuador?” La respuesta empezó en un presente desastroso, sin vislumbre de futuro, que se alargó hasta un glorioso pasado.
El tren le debe el esfuerzo de su existencia a un presidente ecuatoriano que se empeñó en unir las dos principales regiones del país, aisladas desde la época colonial española: la Costa y la Sierra.
Eloy Alfaro es el presidente más querido y recordado por un ecuatoriano instruido. Modernizó el país durante sus dos presidencias e impulsó la construcción del ferrocarril que se trazaría por toda la cordillera andina, desde la capital, Quito, hasta la otra ciudad en importancia, Guayaquil, el puerto por excelencia del país.
El tren se quedó a las puertas de la ciudad costeña al no construirse ningún puente que salvara el río Guayas a su paso por Guayaquil. Su lugar lo ocuparía la ciudad de Durán, enfrente suyo.
Se empezaron las obras en 1899 y arribó el tren a Quito en 1908. Décadas más tarde, se construiría otra línea de Quito a San Lorenzo (Esmeraldas), en la costa norte.
Cuando le preguntaba a Ramón el tren estaba en desuso y no estaba seguro siquiera si quedaba alguna línea en activo. Nada había de cierto allá por el 2001 y años siguientes.
Esto era una constante del país: el mantenimiento de las estructuras no parecía preocupar a ningún político. En los 70 se construyeron algunas carreteras que acortaban las distancias y el tiempo entre ciudades, y el ferrocarril fue perdiéndose de vista poco a poco. El golpe de gracia vino cuando el fenómeno climático de El Niño arrasó el país, en 1997 y 1998, destrozando vías de tren que no se repararon por falta de dinero.
En aquellos años que hablaba con Ramón era desalentador no tener ninguna noticia de que algún gobierno ecuatoriano quisiera reconstruir esas líneas ferroviarias. Pasarían los años y la respuesta era invariable: “Parece que sí. Están estudiando algún proyecto”. Estas eran las únicas palabras, no exentas de entusiasmo, que Ramón defendía sin sentir un halo de mentira en su nuca.
La única forma de averiguar la verdad era ir al país y comprobarlo in situ, pero, por entonces, eso era una posibilidad remota que no contemplaba ni en sueños; sin embargo, con la boda en perspectiva, se activó la imaginación y el deseo de ver si el tren funcionaba o no en Ecuador se convertiría en uno de mis leit-motiv para realizar el viaje y, de paso, conocer el país.

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